La inminente llegada del papa León XIV sacude la Argentina. Las misas que se preparan en la Ciudad de Buenos Aires, Córdoba y Luján prometen congregarnos por millones en las calles. En este momento crítico, con nuestro pueblo padeciendo y su principal líder proscripta; su visita revista una enorme importancia espiritual pero también política.
En el camino de Francisco
El mensaje de León XIV
La venida del Sumo Pontífice es un acontecimiento espiritual y político para un pueblo que sufre, que saldrá a encontrarlo de a millones en las calles. Como enseñó el primer papa argentino, nuestra tarea es construir comunidad, organizar la esperanza y custodiar la dignidad humana. La gran noticia de luchar contra la injusticia: bienvenido León a la Argentina.
En horas nomás comenzarán las actividades del Sumo Pontífice en estas tierras; entre las cuales habrá un evento en el Cottolengo Don Orione en Claypole donde se acompaña a personas con discapacidad; una visita a la Cárcel de Devoto con personas privadas de su libertad; una vigilia con juventudes y un encuentro para debatir los desafíos del mundo del trabajo. Los últimos, los olvidados, los más castigados. Ahí es donde León nos invita a mirar y nos propone un compromiso que va en el sentido opuesto al que pretenden imponernos Javier Milei y el Fondo Monetario a la Argentina.
La Argentina en la que aterrizará León sufre. Las familias azotadas por el pluriempleo, la crisis de ingresos y la deuda; pero también por la violencia, la soledad y el desamparo. El mismo Estado que con una mano le retira la protección a los más vulnerables, con la otra se la ofrece a las grandes corporaciones extranjeras que amasan fortunas. Mientras tanto miles de pequeñas y medianas empresas bajan sus persianas, y los laburantes quedan en la calle. La juventud, por su parte, convive diariamente con escuelas que se caen a pedazos, universidades sin presupuesto, una precariedad laboral que recuerda los peores años de nuestra historia y, sobre todas las cosas, la terrible falta de sentido y de perspectiva de futuro en la que pretenden hundirnos, y que se traduce en situaciones de estrés, ansiedad, depresión y aumento de suicidios. La Argentina necesita esperanza.
Con esperanza militamos y en nuestros barrios construimos codo a codo con la gente de fe, desde las unidades básicas a los hogares de Cristo, recibimos la vida como viene. Compartimos con la Iglesia tareas solidarias, encuentros fraternales y un camino común. A nadie le cerramos la puerta, a todos ofrecemos una mano.
La Argentina necesita esperanza.
Creemos con toda fuerza eso que repetía Francisco de que nadie se salva solo, y ciertamente el espíritu de Francisco está entre nosotros y nosotras. Ese papa argentino que exhortó a cuidar nuestra Casa Común; que convocó a una fraternidad renovada entre las personas; que le dijo a la juventud que haga lío, y que lo organice bien. Ese papa que cuestionó la subordinación de la vida al mercado, la concentración de la riqueza y una concepción de la propiedad desligada de las responsabilidades sociales. Ese papa que llamaba a todos a meterse en política para alcanzar el bien común. Ese Papa que celebraba pícaramente el hecho de que los argentinos fuéramos -y seamos- “indisciplinados”.
Francisco nos propuso una nueva forma de entenderlo todo: los vínculos humanos, la fraternidad, la solidaridad y la cultura del encuentro. Un antídoto contra el individualismo, la soledad planificada, los algoritmos desalmados, la indiferencia y la lógica del descarte. Cristina lo sintetizó de forma extraordinaria: “La Patria es el otro”; porque nuestra propia libertad está entrelazada con la dignidad de los demás; porque no podemos ser libres si los demás no lo son, si el país y la gente están presos de deudas impagables, si los trabajadores y trabajadoras no tienen tiempo para compartir con sus hijos, si los pibes y pibas tienen que abandonar la escuela, si nuestros jubilados y jubiladas carecen de acceso a los medicamentos que necesitan.
En su corto papado, León ha sido categórico en su mensaje. Su crítica a las guerras imperiales y las desigualdades sociales, cuestionando a Trump por sus agresiones bélicas o señalando las consecuencias del extractivismo en su viaje al continente africano. Y sobre todo leímos con atención su primera encíclica “Magnifica humanitas”, dedicada a la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial.
Francisco nos propuso una nueva forma de entenderlo todo: los vínculos humanos, la fraternidad, la solidaridad y la cultura del encuentro.
Frente a quienes presentan las transformaciones tecnológicas como un destino inevitable o una amenaza distópica, León nos propone que recuperemos la capacidad de problematizarlas, discutirlas y orientarlas. No se trata de detener el mundo que está naciendo para impedir la catástrofe -como si la realidad que vivimos no fuese lo suficientemente catastrófica- sino de disputar su rumbo. Porque el futuro no depende solamente de lo que las nuevas tecnologías sean capaces de hacer, sino de lo que los pueblos seamos capaces de decidir. Máximo lo dijo parecido en el Microestadio de Lanús: queremos una tecnología al servicio del ser humano, y no al ser humano al servicio de la tecnología.
León nos llama a cuestionar una civilización que mide todo según criterios de eficiencia, rendimiento y utilidad, y termina valorando a las personas por lo que producen, por su capacidad de competir o por la velocidad con que se adaptan al mercado. Magnifica humanitas sostiene que la dignidad humana no depende de la productividad y que la fragilidad, la vejez y la necesidad de cuidado no son defectos que deban corregirse ni costos que deban economizarse, sino dimensiones constitutivas de nuestra existencia. Para nosotros y nosotras, humanizar la tecnología significa garantizar que sus beneficios alcancen al conjunto de la sociedad, proteger los derechos de quienes trabajan y preservar la capacidad democrática de decidir sobre nuestro futuro. Significa, sobre todo, comprender que ninguna herramienta tecnológica puede reemplazar la organización política necesaria para conducir su desarrollo.
Contra el discurso dominante que naturaliza las guerras y las catástrofes, celebra las desigualdades y fomenta el odio entre hermanos y hermanas, la Iglesia de Francisco ha propuesto otro camino, que es el mismo que caminamos como militantes: el de la comunidad organizada. Su eje central es que el pueblo pueda decidir sobre la construcción de su destino, sea a través de los sindicatos, la militancia territorial, los centros de estudiantes, o las Iglesias mismas.
Frente a las distopías tecnológicas, frente a la injusticia indignante, frente al odio y la indiferencia, el mejor antídoto es hacer lío, y organizarlo bien
Dice León en su exhortación Dilexi te de septiembre de 2025 que son los movimientos populares los que luchan contra las causas estructurales de la pobreza y la desigualdad, construyendo una comunidad de todos y para todos, haciendo historia a través de la solidaridad. Y son los líderes populares, señala, quienes tienen la capacidad de integrar efectivamente a todos y todas. Por eso precisamente se encuentran “muchas veces bajo sospecha o incluso perseguidos”. Agreguemos nosotros y nosotras: es por eso que proscriben a Cristina.
El mensaje de León nos invita a una reflexión profunda pero sobre todo nos llama al compromiso de la construcción colectiva, que primordialmente debe responder a la pregunta sobre cómo queremos vivir en esta tierra. Frente a las distopías tecnológicas, frente a la injusticia indignante, frente al odio y la indiferencia, el mejor antídoto es hacer lío, y organizarlo bien. Queremos un futuro de dignidad humana para todos y todas; creemos que es posible construirlo y el camino para hacerlo merece ser transitado.
La llegada del Papa nos trae, como dice la canción, la gran noticia de luchar contra la injusticia. Salimos a encontrarlo con enorme esperanza. Bienvenido León XIV a la Argentina.