Editorial

Día de la Lealtad

17 de octubre en San José 1111

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Durante los terribles años de la proscripción, el antiperonismo le negó al pueblo la Plaza, pero no pudo quitarle el 17. El sentido del 17 de octubre no fue solamente que el pueblo consiguiera llegar hasta Perón sino también que Perón pudiera llegar hasta el pueblo. El 17 se hizo para vencer la proscripción, y para enseñarnos que si se pudo hacer una vez; se puede hacer de nuevo. De San José a la Rosada, la Patria liberada.

por La Cámpora
16 oct 2026

De regreso a octubre, cada año revivimos el día que la Argentina cambió; el día que el subsuelo de la Patria se sublevó al grito de queremos a Perón. En cada uno de estos 81 años que separan ese día de hoy, la militancia peronista se enfrentó ante un contexto distinto y accionó en consecuencia. La historia de los diecisietes es la historia de un movimiento organizándose para vencer al tiempo, para hacer grande la Patria y feliz al pueblo.

En los primeros años, entre 1946 y 1954, el 17 de octubre era —junto con el primero de mayo— la jornada en la que el pueblo argentino se encontraba consigo mismo en la Plaza para celebrar los derechos conquistados y ratificar su lealtad y pertenencia al movimiento político conducido por Juan Domingo Perón. Nunca fue una fecha nostálgica sino la ratificación del compromiso con una transformación histórica, en la que aquella Argentina invisible que Evita definió amorosamente como “mis queridos descamisados” se mostraba orgullosa de su existencia y reafirmaba frente a la mirada incómoda de la oligarquía que no estaba dispuesta a regresar al subsuelo de la Patria. 

El golpe de 1955 quiso quebrar esa convicción y restaurar un pasado en el que “el hijo del barrendero muera barrendero”. Ese año, cuando todavía el país se hallaba conmocionado por la insurrección militar de septiembre y Perón no había salido de Paraguay, el 17 de octubre fue recibido por los supuestos “libertadores” con temor y paranoia. Montaron un operativo descomunal para garantizarse que todos asistieran a sus lugares de trabajo y hasta levantaron el Puente Alsina bajo la sospecha de que, otra vez, las masas llegarían irredentas desde el Sur, mientras coreaban “queremos a Perón”.

Pero el pueblo estaba desmovilizado y desconcertado todavía, y necesitaba tiempo para volver a recomponer sus células. Aquel 17 de octubre, mientras la gente humilde rezaba al cielo, los gorilas hacían fila en la Residencia Presidencial para contemplar y fotografiar la exhibición de los bienes confiscados por los usurpadores. Oración y circo. Por primera vez en la década no hubo multitudes en la Plaza de Mayo y apenas se escuchó sonar un petardo.

Durante los terribles años de la proscripción, el antiperonismo le negó al pueblo la Plaza, pero no pudo quitarle el 17.

Ya en los inicios de la Resistencia, tras el Decreto 4161 y los fusilamientos de junio de 1956, el 17 de octubre empezó a adquirir tono de combate. Como el despliegue de las Fuerzas Armadas no permitía recuperar la calle, se metían caños para hacer un poco de ruido y concretar sabotajes, se pintaban consignas en las paredes, se arrojaban bolitas a los caballos de la policía, se silbaba la marcha y se inventaban canciones. Los compañeros y compañeras entraban y salían de prisión, pero los nombres de Perón y Evita no se olvidaban. 


Con el tiempo las acciones fueron ganando mayor consistencia y hasta el retorno definitivo de Perón los 17 de octubre sirvieron para anunciar paros generales y organizar actos y manifestaciones en todo el país. A veces, las convocatorias eran prohibidas unos días antes y la insistencia terminaba en una represión feroz. Otras, se le buscaba la vuelta para llevar adelante un tipo diferente de intervenciones, desde los ya clásicos caños a la modificación de carteles luminosos en arterias concurridas de la Ciudad de Buenos Aires, para que si el 17 de octubre no podía “hacerse”, por estar proscripto, al menos se “leyera”. 

En 1963 y 1964, debido a cierta relajación del Régimen, el peronismo pudo realizar dos masivas concentraciones en Plaza Once y demostrar la vigencia política que en las urnas ostentaba con el voto en blanco. Durante algunos de esos míticos encuentros de Capital Federal, Resistencia, Córdoba, Rosario, San Miguel de Tucumán, Avellaneda o La Plata, el pueblo tuvo la oportunidad de volver a escuchar la voz de su conductor proscripto, cuyo regreso parecía inminente. En uno de esos mensajes grabados, Perón recordaba que la lealtad entre el pueblo y él había permanecido inmutable, denunciaba las atrocidades cometidas y remataba: “Espero que éste sea el último 17 de octubre que pase alejado de ustedes, porque mi decisión de retorno es irrevocable”.


Desde luego, el retorno no se produjo en 1964 y no faltaron los sectores que se abrazaron al bloqueo del Partido Militar para comenzar a ensayar el “peronismo sin Perón”. En ese marco, las tentativas de actos por el 17 de octubre se convirtieron en escaramuzas, corridas, batallas campales, detenciones y allanamientos a sindicatos. La represión ya no buscaba solamente castigar en las desconcentraciones a quienes se movilizaban, sino impedir que pudieran llegar, que pudieran encontrarse con los demás compañeros y compañeras y reconocer su fuerza común. Pero como dice Cristina, el pueblo es un río que siempre encuentra su cauce. Y donde no era posible celebrar un único acto, se hacían mil relámpagos. 


Así transcurrieron los años hasta 1972, cuando tampoco pudo organizarse con normalidad la conmemoración por el 17 de octubre en la sede del Partido Justicialista y Héctor Cámpora tuvo que leer por televisión al filo de la medianoche las palabras de Perón, que cuestionaba los intereses mezquinos de quienes pretendían salvar sus propias posiciones mientras dejaban al país a la deriva y advertía que no podía normalizarse la vida institucional de la República excluyendo al Justicialismo, “que es la mayoría abrumadora del pueblo argentino”. Ese discurso, recargado de potencia, no hubiese sido posible ni surtido ningún efecto sin la incansable perseverancia militante en medio de esos duros años de persecución, y sin la inquebrantable resistencia a desintegrarnos, por amor y lealtad al pueblo, que es la definición misma del peronismo. 

Un mes después, Perón volvió a la Argentina.

Hay una enseñanza fundamental en esta historia. Ninguno de aquellos 17 de octubre fue una reproducción exacta del de 1945, ni tampoco deseaba serlo. La jornada original es irrepetible, pero eso nunca nos condenó a la impotencia. La grandeza de la Resistencia consistió, precisamente, en mantener viva la llama del peronismo y buscar las maneras de imitar esa valentía y esa convicción que llevó a Perón del encierro al balcón de la Rosada. Porque el sentido del 17 de octubre no fue solamente que el pueblo consiguiera llegar hasta Perón sino también que Perón pudiera llegar hasta el pueblo. 


Hoy estamos nuevamente en tiempos de proscripción: Cristina Fernández de Kirchner está presa en San José 1111 e impedida de participar en elecciones por las mismas razones por las cuales Perón estuvo secuestrado en Martín García y por las mismas razones por las cuales enfrentó 18 años de exilio y prohibición: por los intereses que tuvo que afectar para darnos los días más felices y gloriosos de los que nuestro pueblo tenga memoria. Por eso, las lecciones de la Resistencia vuelven a brillar. Frente a la resignación, insistencia. Frente a la cobardía, coraje. Frente a la proscripción, lucha. 


Perón volvió; Cristina tiene que volver.

La catástrofe de Macri, Milei y el FMI se agudiza; el pueblo no aguanta más. Y Cristina está proscripta precisamente para evitar que el pueblo encuentre una salida real a estos diez años de penurias. Para que nos acostumbremos, que aceptemos el mal menor, el peronismo permitido. Para que aceptemos esta “democracia” donde un gobierno gorila puede eximirse de cumplir las leyes que le manda el Congreso, donde tres jueces indignos en la Corte hacen lo que les viene en gana, donde se puede reprimir a mansalva cualquier manifestación en defensa de las conquistas del pueblo, y donde todos pueden presentarse a elecciones, con la excepción de la líder política más importante de la Argentina en este siglo. Para que aceptemos una democracia sin Cristina, un peronismo sin Cristina, un pueblo sin Cristina.

Pero no vamos a darles el gusto. ¿Acaso quieren que conmemoremos el 17 de octubre con bonitas frases sobre la lealtad, un poco de liturgia sobreactuada y ninguna consecuencia política, haciendo de cuenta que Cristina no está acá entre nosotros? ¿O pretenden que nos emocionemos recordando cómo fue el pueblo a liberar a Perón, cómo los compañeros y las compañeras de la Resistencia decidieron una y otra vez salir a la calle cuando estaba prohibido y, sin embargo, nos convenzamos de que es imposible derrotar la proscripción de Cristina? ¿Vamos a homenajear la lealtad de quienes no se resignaron mientras nos resignamos nosotros y nosotras? El 17 de octubre se hizo para romper la proscripción.

Se equivocan quienes piensan que San José 11111 es un mero lugar de peregrinación. No planeamos quedarnos ahí para siempre. Queremos, sencillamente, que Cristina vuelva a estar donde tiene que estar: en el centro de la política argentina, para arreglar este país que fue hundido en el fondo del abismo luego de que ella dejara de ser presidenta, con una Plaza de Mayo repleta de agradecimiento y amor, que hoy se encuentra vacía y triste. Nos emociona ver a Cristina sonriente en el balcón, pero militamos para ponerla en el balcón de la Rosada. En 1945 el pueblo se hizo escuchar porque no aceptaba que una minoría privilegiada decidiera por él. Tampoco lo aceptamos nosotros y nosotras. Y cada instante de nuestras vidas nos toca decidir qué hacemos con esa herencia y con ese mandato. 


Feliz día de la Lealtad, compañeros y compañeras. De San José a la Rosada, la Patria liberada. Vamos caminando. ¡Sumate!