Deportes

Elogio de la simpleza

Este martes 8 de diciembre falleció Alejandro Sabella. Sinónimo de buen fútbol, entrenador finalista del Mundial Brasil 2014 con la Selección argentina, ídolo del club Estudiantes de La Plata y compañero comprometido con las causas justas.

No es fácil escribir sobre la simpleza. Habitamos una época de grandilocuencias, una competición en las aguas abiertas del mar de los egos, donde gana aquel que adjetive mejor. Alejandro Sabella siempre utilizó el talento de su gambeta para sacarse de encima la incómoda marca personal que son las referencias individuales.

No era extraño verlo caminar por su barrio de siempre, sin rejas, paredones o guardias de seguridad. Su historia de jugador en River, Sheffield, Leeds, Gremio, pero sobre todo su paso por Estudiantes de la Plata y la Selección argentina le impedían ser uno más entre esos vecinos anónimos o, mejor expresado, los ignorados habitantes del universo de Tolosa. Junto a otra vecina conocida, al regresar al país luego de la final del Mundial de Brasil de 2014, habló de construcciones colectivas, dijo que “el equipo es el otro”. Una definición de lo que fue su propia vida.

En tiempos donde el arte de enseñar se desdibuja en prestigio social y salarios, Alejandro entendió muy pronto que el legado se construye actuando sobre la forma de pensar de quienes pasan por su vida, en este caso sus equipos. Con su generosidad de 10 asistidor, repartió conceptos, ideas y vivencias sin esperar nada a cambio ni ponerse la camiseta de los que hablan “en difícil”, más bien al contrario: Sabella describía el juego más hermoso del mundo de manera que lo entendiera cualquiera, utilizando para eso las herramientas pedagógicas que había aprendido de leer a otros, tanto en la literatura como en la política.

Leal a sus convicciones, nunca ocultó su identificación con el proyecto político que defendía con acciones de gobierno las ideas en las que él creía: apoyó al kirchnerismo aun cuando pasó a ser una fuerza opositora, participando de actividades públicas, como la presentación de Sinceramente en la facultad de periodismo de La Plata, o conversando con militantes de las organizaciones políticas y sociales del campo popular, a quienes recibía generosamente en su casa para conversar de política, fútbol, literatura o cualquier otro de los asuntos por los que siempre se interesaba y quería saber más.

Todo ese esfuerzo y dedicación, vuelve en una catarata de agradecimientos a sus valores y enseñanzas en el collage de sus dirigidos. Se lleva consigo el adjetivo que mejor le sienta y con que las argentinas y los argentinos solemos celebrar la grandeza: maestro.

Pueden escribirse muchas palabras más sobre su compromiso solidario, la inquebrantable coherencia ideológica, la hermosa familia que construyó, pero no sería justo para quien hizo de su vida un culto a la sencillez y que elegía habitar los lugares que no toman las cámaras. Hasta siempre, querido Alejandro.

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