60 años del Operativo Cóndor
Frente a la proscripción y la usurpación, patriotismo y coraje
El 28 de septiembre de 1966, siete banderas argentinas flamearon durante 36 horas en Malvinas, llevadas por 18 jóvenes militantes que desviaron un avión de Aerolíneas Argentinas y lo hicieron aterrizar en las islas. El Operativo Cóndor, encabezado por Dardo Cabo y pensado por María Cristina Verrier, marcó un hito en la reivindicación de la soberanía argentina. En 2012, Verrier entregó las banderas a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, quien dispuso su custodia en distintos puntos del país. A días de cumplirse 60 años de aquella acción, el gobierno de Milei retiró una de ellas del Museo Malvinas, mientras se desconoce el paradero de otra, que había sido destinada a la Casa Rosada.
En cuanto a las banderas que encabezaron y flamearon en las Malvinas, me parece que deben ser conservadas por usted hasta que llegue la oportunidad de poderles dar el destino que corresponde, en acto público y reivindicando el honor que les corresponde y que ha sido mancillado por la cipayería entreguista que actualmente domina desde el poder usurpado al Pueblo Argentino.
Solo tenía que esperar. La historia los traería a ustedes, Cristina y Néstor. Efectivamente yo custodio los Símbolos que unen la voluntad de todo el pueblo argentino. Que dieron a conocer al mundo nuestros derechos sobre las Malvinas. (...) Pero mis banderas están vivas. Vivas para recorrer de punta a punta la Argentina, para mostrarlas al pueblo.
María Cristina Verrier en carta enviada a Cristina Fernández de Kirchner para entregarle la custodia de las banderas, 1° de agosto de 2012.
Corría el año 1966, el peronismo estaba proscripto y Arturo Illia, en cuyo gobierno se obtuvo la Resolución N°2065/65 de la Asamblea General de Naciones Unidas que instaba a Reino Unido a sentarse a negociar con Argentina, había sido derrocado. Gobernaba por entonces el dictador Juan Carlos Onganía, que en 1964, como general, había adherido abiertamente a la Doctrina de la Seguridad Nacional en la Academia Militar de West Point, Estados Unidos, durante la Quinta Conferencia de Ejércitos Americanos. A fines de septiembre de 1966 estaba prevista la visita al país del príncipe Felipe de Edimburgo, esposo y consorte de la reina Isabel II, Jefa de Estado del Reino Unido de Gran Bretaña. Para 1966, nuestro país llevaba 133 años de usurpación y colonialismo británico.
La elección del día del Operativo Cóndor tuvo, por lo tanto, un enorme contenido simbólico: mientras la dictadura de Onganía se disponía a recibir con honores al representante de la Corona británica, un grupo de jóvenes argentinxs reafirmaba los derechos de soberanía sobre las islas Malvinas. En medio de la proscripción del peronismo -que llevaba diez años- y de una dictadura que entre sus primeras medidas cerró el Congreso de la Nación y prohibió los partidos políticos, tenían que ser militantes quienes, con patriotismo y coraje, demostraron que todavía era posible actuar políticamente en el país, conciliar las palabras con los hechos y devolverle al pueblo argentino la fe en las gestas imposibles de las que nuestra historia se ha nutrido siempre.
Se llamaron “cóndores” en homenaje al ave andina cuya imagen simbolizaba la soberanía americana frente a la usurpación extranjera, y con ese nombre conectaban también la campaña libertadora de San Martín con la voluntad patriótica de recuperar las Malvinas. No casualmente, una década más tarde “Cóndor” fue denominado el plan del imperialismo norteamericano para coordinar en toda América Latina la represión y el exterminio de las militancias revolucionarias. Si San Martín cruzó los Andes para liberar medio continente, las fuerzas reaccionarias reunidas en el Chile de Pinochet cruzaron los Andes en sentido inverso, para realizar su criminal empresa de reconquista.
Esa dialéctica entre soberanía y usurpación bien queda condensada en la causa Malvinas. Con el Operativo Cóndor de 1966 no solo se buscaba visibilizar la expoliación y colonización británica durante el recibimiento de Felipe de Edimburgo, sino poner en evidencia que la condición de las Malvinas era la de la Argentina toda y que las Fuerzas Armadas, en lugar de oprimir al pueblo y ser la guardia pretoriana del poder económico, debían comprometerse decididamente con su defensa y recuperación. Sin embargo, en la respuesta de Onganía, que en menos de veinticuatro horas los calificó de “facciosos” y de “lesionar el prestigio del país y su tradición”, quedó de manifiesto que también el país estaba cautivo y en manos de un ejército de ocupación vendepatria. Así que los “cóndores”, además de enseñar con sus cuerpos que era posible actuar, expusieron que la única manera de recuperar las Malvinas era recuperando la soberanía del país. Tenían que ser militantes porque las Fuerzas Armadas servían directamente los intereses del imperialismo, mientras reprimían y bloqueaban la libre expresión de nuestro pueblo.
La ideóloga del operativo fue la periodista y dramaturga María Cristina Verrier, la única “cóndor” mujer, quien conocía las islas porque había sido enviada allí por la revista en la que trabajaba, Panorama. Verrier le acercó la propuesta al compañero Dardo Manuel Cabo del Movimiento Nueva Argentina. Entre ambos, consiguieron los recursos financieros y sumaron militantes para llevar adelante el operativo, que se concretó sin banderías políticas. Quienes lo impulsaron -obreros metalúrgicos, empleados, estudiantes, periodistas- promediaban una edad de 24 años, y tres de ellos fueron víctimas de la dictadura genocida: Aldo Omar Ramírez, Edgardo Jesús Salcedo y el mismo Dardo Cabo.
A las 00.35 del 28 de septiembre, el Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas correspondiente al vuelo 648 despegó del Aeroparque Jorge Newbery con destino a Río Gallegos. El piloto era el comandante Ernesto Fernández García y el copiloto, el comandante Silvio Sosa Laprida. A bordo viajaban los 18 integrantes del Comando Cóndor junto con el resto de lxs pasajerxs. Entre ellxs, viajaba Héctor Ricardo García, director y propietario del diario Crónica, a quien le habían adelantado lo que iba a ocurrir y su presencia permitía asegurar una cobertura periodística inmediata de la acción. Pero por esas causalidades de la historia, en el vuelo 648 también viajaba el contraalmirante (R) José María Guzmán, designado gobernador del entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur. Durante el vuelo, Verrier lo entrevistó y el Contraalmirante le reveló que uno de sus sueños era conocer Malvinas, a lo que Verrier le respondió: “No se haga problema, los sueños se cumplen”.
A una hora de llegar a Río Gallegos, los cóndores Dardo Cabo y Alejandro Giovenco se dirigieron a la cabina del avión y le solicitaron al piloto que modificara el rumbo hacia las islas Malvinas. No sin dificultades y con una rueda enterrada en el barro, a las 8.42 horas el Douglas DC-4 aterrizó en una pista utilizada para carreras de caballos, la misma en la que en 1964 el piloto argentino de origen irlandés, Miguel FitzGerald, había aterrizado para plantar bandera argentina y reclamar soberanía. Lxs jóvenes descendieron del avión y enarbolaron siete banderas argentinas. Acto seguido, bautizaron el sitio donde se hallaban como “Puerto Rivero”, en homenaje a la sublevación del Gaucho Rivero ante los usurpadores británicos que tuvo lugar el 26 de agosto de 1833. La primera proclama del Operativo Cóndor, rezó:
“Creemos en una patria justa, noble y soberana. Somos cristianos, argentinos y jóvenes. Pertenecemos a una generación que, desde su hora misma, asume sin titubeos la responsabilidad de mantener bien alto el pabellón azul y blanco de los argentinos (...) Nosotros, como pueblo argentino, es decir en nombre de todos cuantos habitan nuestro suelo y en especial la juventud argentina a la que pertenecemos, ponemos hoy nuestros pies en las islas Malvinas argentinas para reafirmar con nuestra presencia la soberanía nacional y quedar como celosos custodios de la azul y blanca que ha de flamear altiva mientras haya hijos que respondan por ella (...) O concretamos nuestro futuro. O moriremos con el pasado. Dado en Puerto Rivero de las islas Malvinas Argentinas a los veintiocho días del mes de septiembre de mil novecientos sesenta y seis”.
Lxs cóndores fueron pronto rodeados por militares armados, pero se negaron a deponer las armas y a reconocer cualquier autoridad británica en suelo argentino. Aceptaron la mediación de un cura holandés, el Padre Rodolfo Roel, como representante de la Iglesia en su carácter universal. Finalmente, acordaron ceder en su actitud siempre que fueran acogidos en la Iglesia por el Padre Roel. Se realizó una misa en el interior del avión a pedido de Cabo y el 29 de septiembre lxs 18 cóndores formaron en torno a una bandera argentina que flameaba en un mástil improvisado y cantaron el Himno Nacional Argentino en suelo malvinense. Entregaron las armas a la única autoridad que reconocieron en las islas, el comandante argentino de la aeronave, Ernesto Fernández García, y permanecieron detenidos en la Capilla del Padre Roel; sin embargo, pese a los intentos británicos de arrebatarlas, las banderas no fueron entregadas y jamás tocaron las manos del usurpador. Regresaron al continente mediante el buque argentino ARA "Bahía Buen Suceso", que en 1982 sería hundido por los ingleses. Allí, Dardo Cabo le hizo entrega de las banderas al gobernador de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el contraalmirante (R) José María Guzmán y emitió el último comunicado del Operativo Cóndor:
“Por primera vez en las islas Malvinas se cantó el Himno Nacional al arriarse la bandera. En ningún momento las banderas argentinas han estado en manos extranjeras. Hemos traído siete banderas y siete banderas vuelven con nosotros. El Comando Cóndor no se rindió ni depuso las armas ante las fuerzas inglesas de ocupación. Tanto las banderas como los miembros del Comando se pusieron a disposición de la nave argentina y del gobernador argentino de Tierra del Fuego e Islas Malvinas. Esta Jefatura lamenta los inconvenientes sufridos por los pasajeros y la tripulación del avión, así como también los perjuicios que se hubiesen ocasionado a Aerolíneas Argentinas, esperando sepan disimularlos ante los motivos que nos han movido siempre, siendo este nuestro orgullo nacional, y el amor a la Patria. ¡Viva la Patria! Jefatura Comando Cóndor: Dardo Cabo”.
Lxs cóndores fueron procesadxs y estuvieron tiempo en prisión. Las banderas fueron devueltas a Dardo Cabo, quien, tras salir de la cárcel, le encomendó su custodia a su compañera, María Cristina Verrier, quien las cuidó 40 años hasta que la historia le diera oportunidad de encontrarles el destino que les correspondía. Esa oportunidad llegó en el año 2012, bajo el mandato de la presidenta más malvinera de la historia: Cristina Fernández de Kirchner. Verrier le cedió las banderas a Cristina, pero le pidió expresamente que la bandera más afectada por el viento malvinero descanse junto a Néstor Kirchner en su mausoleo en Río Gallegos, y que otra sea depositada en la Virgen de Itatí. Cristina dispuso que el destino de las otras cinco banderas fuesen la Basílica de Luján; el Patio Malvinas Argentinas de la Casa Rosada, el Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur en la ex ESMA, el Museo del Bicentenario y el Congreso de la Nación.
A días de cumplirse 60 años del Operativo Cóndor, el gobierno de Javier Milei, admirador de Thatcher, decidió retirar la bandera que Cristina había dispuesto en el Museo Malvinas y que se encontraba a disposición de todxs lxs argentinxs. Ya había hecho lo mismo a principios del año pasado con la bandera que estaba en la Casa Rosada.
Esto no es casualidad. Los cóndores hicieron flamear esas banderas en suelo malvinero para reivindicar y ejercer la soberanía en una Argentina ocupada y María Cristina Verrier se las encomendó a Cristina porque sus gobiernos y el de Néstor le devolvieron al país la dignidad de sentirse dueño de su propio destino. Lo que en 1966 había sido una acción militante clandestina en medio de la proscripción y la entrega, con Cristina presidenta fue puesto en manos del pueblo como símbolo de una memoria pero también de una misión. Porque recibir esas banderas no significaba solamente custodiar un pedazo de nuestra historia; significaba asumir la responsabilidad de volver a izarlas, de recuperar las Malvinas y de defender una Argentina justa, libre y soberana. Somos custodios de las banderas que flamearon en las islas porque somos también responsables de que algún día vuelvan a flamear ahí.
Que el gobierno cipayo de Milei retire aquellas banderas luego de haber avanzado hace un año con la proscripción de la propia Cristina, que es la proscripción del pueblo argentino, representa la misma línea de continuidad, en sentido contrario. Porque con Cristina proscripta, no son banderas argentinas las que Milei y sus jefes hacen flamear en la Patria, como no lo eran en 1966, cuando la autodenominada “Revolución Argentina”, que de argentina no tenía nada, humillaba la soberanía nacional ante el amo imperialista. De manera que la gesta de lxs cóndores no debe ser una simple conmemoración inspirada en la nostalgia sino un ejemplo y un mandato de impostergable actualidad. Decía Evita que “la Argentina dejará de ser colonia o la bandera flameará sobre sus ruinas”. Contra la proscripción y la usurpación, hagamos la bandera volver a flamear, sobre las Malvinas y la Patria toda. Contra la proscripción y la usurpación, hagamos a Cristina Presidenta de nuevo, para que no sean ruinas las que queden, sino una Argentina levantada e íntegra, y un pueblo feliz.