Cuando una decide sumarse a la militancia y construir con otros y otras, lo hace también con la voluntad de retribuir, aunque sea en pequeña medida, parte de todo aquello que nuestro país y nuestro pueblo nos han dado y nos siguen dando. Esa “pequeña medida” se vuelve cada vez más grande cuando la envuelve la solidaridad y la convicción clara de que todo lo que hacemos busca construir, entre todos y todas, la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.
Catamarca
La felicidad también se milita: festejos por el mes de las infancias
Más de quince años militando cada agosto para los únicos privilegiados y privilegiadas de nuestra Patria. Compartimos el testimonio de una compañera que pasó de participar de los festejos siendo una niña a organizarlos hoy para su barrio.
En Catamarca, agosto es uno de los momentos del año en los que, esta forma de militar, se vuelve especialmente visible, sin dejar de lado que esta construcción es parte de nuestro hacer de todos los días. Este mes, desde hace quince años, nos encuentra organizando festejos por las infancias en distintos barrios de nuestra provincia.
Esto también tiene para mí una carga muy especial. Hace trece años, cuando todavía era una niña y sin saber todo lo que había detrás de aquella jornada, participé de uno de los festejos en la plaza de mi barrio. Era una de esas niñas que llegaba a recibir un poco de esa felicidad que la organización se proponía compartir. Recuerdo los juegos, la merienda, estar junto a mi mejor amiga de la infancia y recuerdo también mi equipito deportivo rosa.
Pero hay dos imágenes que permanecen especialmente presentes. La primera es una enorme bandera de La Cámpora Catamarca desplegada en las escaleras de la plaza. La segunda es la de una compañera que hoy es también una amiga. Hace trece años fue ella quien me compartió un vaso de chocolatada: hoy compartimos la militancia y nos encontramos organizando juntas nuevos festejos.
En ese momento no sabía qué era La Cámpora, quiénes eran las personas que estaban detrás de ese encuentro ni todo el trabajo que había sido necesario para que esa tarde pudiera suceder. Para mí, simplemente, fue una tarde feliz. Trece años después, vuelvo sobre esas imágenes desde otro lugar. El sábado 22 de agosto realizamos el primer festejo del Mes de las Infancias de este 2026, en el Comedor Vecinal “La Moro”, en el barrio Mi Jardín, al norte de nuestra provincia. Esta vez me tocó ser responsable de la organización de ese festejo.
Ahí es donde aquella imagen de hace trece años adquiere un nuevo sentido. Si entonces fui una de esas niñas que llegó a una plaza a recibir un momento de felicidad, hoy me toca estar del otro lado, ayudando a construirla para otros. Eso es también, para mí, una forma de devolver desde un sentido colectivo todo lo que esta patria, este país, nuestro pueblo y la organización me dieron.
En ese sentido es necesario retomar una idea que Eva expresó tantas veces al hablar de los niños y las niñas. Como mujer de su pueblo, aspiraba a que no solamente pudieran sonreír durante su infancia, sino que pudieran ser felices. Esa diferencia es relevante, porque con lo mucho o con lo poco debemos generar las condiciones para que la felicidad pueda formar parte efectiva de sus vidas.
Por eso cada festejo tiene un significado que va mucho más allá de una tarde de juegos. Son espacios que nos permiten encontrarnos de manera concreta con las familias, con los niños y con las realidades que atraviesan cada barrio. Estar ahí conlleva escuchar y comprender qué sucede en cada territorio, cuáles son sus necesidades, sus preocupaciones y también sus formas de encontrarse y compartir.
Los juegos, la merienda y los regalos que compartimos son preparados por los compañeros y compañeras, con sus propias manos. Hay algo profundamente representativo en dedicar tiempo, trabajo y esfuerzo a preparar aquello que después vamos a disfrutar junto a esas infancias.
Durante todos estos años, estos festejos fueron multiplicando encuentros y sonrisas a lo largo y a lo ancho de nuestra provincia. Es en esa presencia donde reside el sentido más profundo de nuestra tarea, en acercarnos a cada territorio y hacer de la felicidad algo que también pueda compartirse. Y quién sabe, quizás algún día algún niño o niña repita esta historia.