Polí­tica

Ya vas a ver

Hace 20 años, Darío y Maxi se convirtieron en bandera de lucha para la generación política de la que formaron parte, pero también para las que vinieron después.

Maximiliano Kosteki tenía 22 años. Darío Santillán, 21. Ambos vivían y militaban en la zona sur del conurbano bonaerense, donde desde finales de la década del noventa venía desarrollándose la resistencia callejera y territorial más intransigente contra el neoliberalismo. Los dos formaban parte del Movimiento de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón, organización política cuya consigna era Trabajo, Dignidad y Cambio Social.

Los años que siguieron a aquellos primeros piquetes de finales del menemismo fueron de crecimiento vertiginoso, en medio de la peor crisis económica y social que haya tenido nuestro país. La salida de De La Rúa terminó de consolidarlos como el sector más dinámico de la política nacional, y cuando el establishment argentino decidió que ya era hora de que Eduardo Duhalde asumiera la presidencia de la manera que sea, una de las órdenes que recibió fue poner en orden a estas organizaciones. Por las buenas o por las malas.

“La Verón”, como le decíamos a la Coordinadora de movimientos barriales que se habían conformado en los distintos municipios del Gran Buenos Aires, conocía al duhaldismo muy de cerca: la denominada “Tercera Sección Electoral” de la provincia de Buenos Aires era la región en la que había nacido la versión bonaerense del menemismo, y donde gobernaba el núcleo duro de intendentes que rodeaba a Duhalde, primero en la gobernación y luego en la presidencia.

El 26 de junio de 2002, durante una de las tantas jornadas de protesta piquetera que se llevaban a cabo en esos meses, casi todas las organizaciones de desocupados (sólo faltaba la Federación Tierra y Vivienda, aliada al por entonces presidente interino) habían acordado cortar los accesos a la Capital Federal, tomando como epicentro al Puente Pueyrredón en la ciudad de Avellaneda.

La orden que le dio Duhalde a su ministro de Seguridad Juan José Álvarez (otro ex intendente pero de la primera sección electoral) fue que de ninguna manera podía cortarse el Puente Pueyrredón. Álvarez, un hombre que si algo sabía hacer era brindar muy buenos servicios a sus jefes de turno, desplegó un operativo policial inusitado para la época, con las tres fuerzas federales que existían (Policía Federal, Prefectura y Gendarmería) más la siempre presente Policía Bonaerense para este tipo de menesteres.

La orden política dada por Duhalde y ejecutada por Álvarez se tradujo en una represión salvaje que dejó decenas de heridos de bala y que terminó con dos vidas: primero la de Maxi, el pibe de Guernica que soñaba ser artista plástico, y después la de Darío, a quien La Bonaerense no sólo no le perdonó ser pobre, joven y dirigente político, sino tampoco tener la actitud de ayudar al compañero que yacía herido de muerte en el piso de la estación Avellaneda.

Los asesinatos de Darío y Maxi intentaron ser ocultados con la ayuda de los medios masivos de comunicación que apoyaban al presidente Duhalde. El diario Clarín se los adjudicó a “la crisis” y el coro restante intentó instalar que los militantes se habían matado entre ellos. Para desgracia de estos indignos, al día siguiente todo el país ya sabía cómo habían ocurrido los hechos, empujando a Duhalde a un llamado anticipado a elecciones para abril del año próximo.

Al año siguiente, Néstor Kirchner, el presidente electo con más desocupados que votos, les abrió las puertas de la Casa Rosada e inauguró una nueva época en la relación del abordaje estatal frente a la protesta social, que dura hasta nuestros días.

Darío y Maxi son bandera de lucha, viven en cada barrio donde se milite la justicia social y se han vuelto a levantar en todos los movimientos populares que luchan para que la clase trabajadora sea el sujeto político que protagonice el cambio social con trabajo y dignidad.

 

 

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