Derechos Humanos

Los poderosos de siempre

No están preocupados por la salud de sus compatriotas. Ni tampoco quieren ayudar a los que peor están pasando la cuarentena. Ni buscan que la situación económica sea menos difícil. Ni siquiera están dispuestos a dar un debate de ideas respetuoso y siguiendo las reglas. Nada de eso. Están en contra. De casi todo.

Están en contra del aislamiento porque el coronavirus no existe. Están en contra de que el Estado recupere una empresa porque, según ellos, cuanto menos Estado mejor. Están en contra de la salud pública porque atiende a los extranjeros. Están en contra de la justicia cuando investiga algo que no les gusta. Están en contra de que haya medios que reproduzcan solamente sus voces y discurso. Están en contra del gobierno porque ellos no lo votaron. Están en contra de que haya otras ideas, pero dicen tolerarlas. Por eso tratan de ocultar su verdadera cara y sus intenciones.

Dicen que marchan por la libertad, o por la democracia pero respetan ni una ni la otra. Y entonces, la máscara se resquebraja. Aparecen los carteles insultantes, el odio en las consignas. Algún que otro gesto de desprecio se cuela en las selfies con banderas argentinas. No marchan por los derechos de muchos sino por los privilegios de pocos. Defienden un mundo injusto porque ellos no son las víctimas. Muchas veces son los victimarios. Otras veces ni siquiera eso. Pero hay algo que los iguala, lo contiene, los convoca: les resulta imposible ponerse en el lugar del otro. Del que puede perder el trabajo por la quiebra de la empresa, del que tiene que salir a changuear si o si, del que espera en el merendero, del que ruega para que si se enferma haya cama en el hospital.

Los mueve la individualidad por sobre el colectivo. Por eso no es extraño que además se dediquen a atacar los pañuelos de las Madres pintados en las baldosas de la Plaza de Mayo. Porque las Madres son la imagen misma del cuidado del otro, del tomarse de la mano para darse ánimo, de la construcción colectiva, del amor como motor de resistencia. Quienes son capaces de manchar esos pañuelos no son defensores de la democracia sino simples servidores de los poderosos de siempre.

 

 

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