Derechos Humanos

Viva la queremos

Aquel abril de 2002 ni Susana Trimarco, ni Marita Verón, ni su hija, ni sus amigos y familiares se imaginaban cómo la vida les iba a cambiar. Que de allí en adelante todo sería peor. Marita, tucumana, con 23 años y una hijita de tres, fue secuestrada, y hasta hoy no se sabe si está viva o dónde está su cuerpo.

Lo que se sabe es que, aún hoy, es víctima de una red de explotación sexual que funciona en las provincias del norte argentino -se sabe a pesar de la policía y del Poder Judicial, a pesar de las amenazas y los aprietes; a pesar de los silencios y las complicidades.  

Sabemos que Marita es víctima de la trata de personas porque Susana, su madre, no solo fue la impulsora de la causa, sino que se encargó de investigar, de rescatar a otras que, como su hija, eran explotadas y vejadas; se encargó de denunciar con nombre y apellido a los responsables de esos delitos, de exponer a la luz del día y en los medios de comunicación que las redes de trata son una realidad que ya nadie puede ignorar en nuestro país. En ese camino se conocieron más redes de explotación, más denuncias y más víctimas.  En esos años la sociedad empezó a dejar de mirar para otro lado.

Quince años le llevó a la Justicia condenar a los culpables de la tragedia de Marita Verón. Y dos años más para que se ordenara que esos condenados fueran efectivamente a la cárcel. Durante ese tiempo se conocieron probables retazos de esa vida a la que la sometieron: que fue vista en una ruta, que la drogaban, que tuvo un hijo con uno de los secuestradores, que la mantenían inmovilizada o que tenía el pelo rubio y los ojos claros.

Durante esos años supimos que hay jueces tienden más a proteger a los culpables que a investigar, que hay jueces que no creen en los testimonios de las pocas mujeres que pudieron escapar del espanto. Jueces que permiten las amenazas en sus tribunales y hacen alarde de su familiaridad con los delincuentes. Y también supimos de víctimas que, al ser llevadas frente a un tribunal para contar la tragedia que vivieron, no lograron romper el silencio que las invadió al reconocer a uno de los jueces como un cliente habitual del prostíbulo en el que habían estado prisioneras.

En esos largos, larguísimos años, entendimos que cada uno y cada una es parte fundamental de la lucha contra la trata y la explotación sexual, y que la indiferencia ante un aviso clasificado disimulado, ante un papelito pegado en un tacho de basura, ante un tugurio sospechoso a la vera de una ruta, solo prolonga el sufrimiento de miles de mujeres.

Aprendimos, en todo este tiempo también, que la desesperación impulsa a llevar adelante lo que parece imposible, pero que es el amor el que sostiene y cobija. Eso es lo que vemos en cada mujer que reinventa su vida después del horror, en los ojos de todas las Micaela que no tienen a su mamá, en los abrazos que acompañan a hacer una denuncia y en las miles de niñas y mujeres que pelean en defensa de los derechos de todas y que no se callan más.

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