Política

Militante

El mítico nombre de Juan Carlos Dante Gullo atraviesa, como pocos, los últimos 50 años de la historia política de la Argentina. Su espíritu entusiasta y militante son la marca indeleble de una personalidad que abrazaba con la sola calidez de su presencia.

La política y el peronismo eran sus pasiones permanentes. El modesto quincho de su casa en la calle Cachimayo se hacía infinito a la hora de albergar las más diversas expresiones, sin esquivar nunca el debate profundo. Gran constructor de puentes, siempre estaba predispuesto a generar los ámbitos y encuentros que hicieran posible encaminar las más diversas iniciativas en función del bien común.

Solo recordar su rol en los años ´70 junto al General Perón como expresión de un movimiento juvenil que desbordó la historia, sus años de cárcel, el asesinato cobarde de su madre mientras padecía la prisión o la desaparición de su hermano Jorge Salvador, hablan por sí mismos de su calidad indiscutible como símbolo de la militancia popular.

Las penurias que enfrentó en los tiempos oscuros y oprobiosos de la dictadura apátrida y genocida, no le impidieron reinsertarse en el proceso democrático con entusiasmo, vocación constructiva, ajeno a todo sectarismo. Ya en tiempos de la reconstrucción nacional encabezada por Néstor Kirchner, acudió decisivamente en la asistencia de aquel proyecto que germinaba con más desocupados que votos en el marco de la profunda diáspora política que había afectado al campo popular en los años ´90.

La política surcada por los desencuentros de las décadas pasadas, necesitaba ámbitos e instrumentos para su recuperación, a la vez que si la transformación pretendía ser profunda y duradera, era vital la conformación de espacios que volvieran a convocar a los sectores juveniles atomizados los unos, descreídos de la política los otros.

Néstor fue impulsor el decisivo de ese proceso que eclosionó, paradójicamente, en el final de sus días. Las tensiones con el poder fáctico, luego heredadas por Cristina, permitieron desarrollar una novedosa empatía juvenil hacia aquellos oficialismos, en su carácter de defensores de los intereses de las mayorías olvidadas, así como también de las minorías invisibles.

Y al Canca le tocó, casi como un mandato de la historia, ser ejecutor de esa definición y asumir con pasión el desafío de reconstruir la política juvenil en la Argentina. Su generosidad sin límite, su comprensión estratégica, lejos de las excresencias cotidianas en las que muchas veces encalla la política, fueron vitales para encauzar un proceso emergente que desbordó las calles allá por fines del 2010.

Muchas de las cosas que nos dijo, las fuimos comprendiendo en el tiempo al calor de la experiencia. Su desvelo era consolidar una política nacional y popular en el tiempo para nuestro país… “peronismo papi”, como le gustaba decir a la hora de rematar algún razonamiento o explicación. Ese desafío sigue vigente y es la tarea que nos convoca a todos.

Canca querido, nuestro eterno agradecimiento por tú dedicación y paciencia en particular, y por tú aporte a la causa nacional. Desde el comando celestial junto a Perón, Eva, Néstor y los 30.000, siempre estarás con nosotros.

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