Editorial - Por Odín

Requiem for American dream

¿Cuántas veces hemos escuchado a lo largo y ancho del mundo que la democracia es el mejor sistema de organización de una sociedad? Millones. Casi un lugar común, un slogan que se paga solo.

Pero la democracia, desde la época de Aristóteles, tiene una encrucijada con soluciones opuestas. Gobernar para las mayorías desde las minorías calificadas.

James Madison fue uno de los promotores de la Asamblea Constituyente de Estados Unidos. Nadie podría decir que no fue un hombre de la democracia en su época. Sin embargo, consideraba que esa democracia debía ser administrada por los hombres de dinero. Fue así como nace el Senado nortearmericano, en donde sus integrantes no eran elegidos por el pueblo sino por la burguesía propietaria.

Madison fue un hombre que creía profundamente en este sistema de gobierno, pero también sabía, y así lo expuso, que un exceso de democracia podría provocar que las mayorías le quitaran las tierras a las minorías concentradas.

A lo largo de la historia se ha intentando, sin suerte, resolver los dilemas de este sistema.

Es por eso que podemos desarrollar una línea de tiempo de las convulsiones sociales que en diferentes momentos han expuesto la crisis de este dilema contradictorio sin resolver. Aún .

No obstante, cada una de ellas ha sido contenida por los mismos que gobiernan el mundo desde que se lo conoce como tal. Antes eran los feudales, más adelante la burguesía y hoy las multinacionales. Ese 1 por ciento de la población mundial que concentra la riqueza y el poder.

La crisis más severa que sufrió el sistema democrático fue durante los 60 y 70. Hordas de jóvenes y marginales del sistema que buscaban mayor civilización salieron a las calles a reclamar más derechos. De ahí a la pregunta: ¿Cómo continuar con un modelo efectivo pero en crisis que ponía en riesgo la concentración de dinero y poder? El miedo inundó a los líderes del mundo y la respuesta fue el exterminio de los pueblos que se animarán a criticar.

Durante la posmodernidad, el sistema democrático avanzó y sus mecanismos de opresión se tornaron más extravagantes. Ya no había una cachiporra o una picana: había un sistema financiero mundial a la altura de las circunstancias. Y así como contracara surgieron los populismos, también camuflados en estructuras o superestructuras tradicionales de poder.

Tanto el peronismo del 40 y el 50, como su evolución en 12 años de kirchnerismo, son oasis de una búsqueda de mayor civilización para una sociedad oprimida por una democracia de pocos.

Pero 12 años fueron mucho. Un exceso de democracia. Por tal motivo, resulta casi matemática la victoria electoral de Mauricio macri. Él representa el orden del sistema establecido hace varias décadas, lo que expusieron Aristóteles o Madison. Había que retomar el poder.

Por eso no debería horrorizarnos el asombroso hecho de eschuchar que por los medios de comunicación se nos diga que todas las medidas que se están tomando es “un reacomodamiento”. No están mintiendo. Es una desviación de la democracia que las mayorías puedan acceder a más derechos. Macri es un embajador del equilibrio natural en donde el rico tiene que ser cada vez más rico, y el pobre cada vez más pobre.

Lo que deberíamos discutir es que estilo de democracia queremos para nosotros. Si queremos transitar el camino de la búsqueda permanente de civilización, asumiendo la responsabilidad de los nuevos derechos adquiridos o conformarnos con lo que algunos sectores concentrados de poder nos ofrecen.

No hay solo un tipo de democracia. Eso es mentira. Las sociedades en su conjunto moldean sus destinos.