Ellos Dicen

El círculo rojo es re piola

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Así cualquiera. Conduce a sus candidatos, les dice lo que tienen que hacer y decir. Y cuando los resultados no les dan bien, los reta como si fueran nenes malcriados. Es hasta gracioso ver cómo le bajan diariamente el guión a los políticos de la oposición a través de editoriales que tienen que repetir con gansos y cuando ven que el cariño popular a Cristina sigue creciendo le echan la culpa a los propios dirigentes que ellos inventaron. Jamás van a admitir que la gente quiere cada vez más a Cristina porque gobierna bien y defiende mejor que nadie los intereses de nuestro país. Algo tan simple como eso y a la vez tan poco común en la historia.

La gente tiene trabajo, puede consumir, se puede jubilar, puede acceder al procrear, se enorgullece de su patria y festeja, tiene esperanza en el futuro, pero los verdaderos jefes de la oposición le dicen a sus propios candidatos que ellos tienen la culpa por no oponerse aún más. No entienden cómo puede ser que la gente valore que estamos mejor.

Y ahí está la verdadera cuestión. Ahí es donde sinceran su cruda visión del mundo. Para ellos es una mala noticia que estemos mejor. No discuten tal o cual método de medición. Les molesta la felicidad del pueblo. En cambio festejan las crisis porque en cada crisis ellos ganan.

Cada tanto lo confiesan y todo. Por ejemplo el viernes pasado, a partir de que la Argentina recibió un importante reconocimiento de las Naciones Unidas a través de la FAO por sus políticas contra el hambre y la pobreza, en lugar de compartir el orgullo como cualquier persona común, a la oposición le pareció que era una mala noticia. Que las Naciones Unidas son parte de una confabulación K, que todo es mentira, que indekkk, kaka, yegua, el papa es montonero, muerte a todos…

Es más, Pablo Sirvén en el diario La Nación comparó a los que todavía siguen siendo pobres con los desaparecidos y a Cristina con Videla: “Salvando las distancias, sigue la lógica negadora de la argumentación que dio el dictador Videla cuando se refirió a la figura del desaparecido. “No tiene entidad. No está ni muerto ni vivo, está desaparecido. Frente a eso no podemos hacer nada”, dijo en 1979 durante una conferencia de prensa presidencial (que, dicho sea de paso, y parafraseando a Luis Barrionuevo, entonces había alguna que otra; no como ahora, ninguna)”.

Increíble forma de pensar la de Sirvén, que además, de paso cañazo, confiesa estar de acuerdo con Luis Barrionuevo en que “con los milicos estábamos mejor”. Y es cierto que el diario La Nación, como Clarín, como los grandes grupos económicos estaban mejor durante la dictadura. En definitiva fueron sus socios. Como también es cierto que los trabajadores, los estudiantes y los jubilados, estaban peor. Ahí está la confesión más sincera de por qué se enojan cuando Néstor y Cristina entregan un país totalmente distinto al que recibieron en el 2003.

De forma explícita, La Nación está diciendo que Videla respetaba más la libertad de expresión que ahora porque se le conoce una conferencia de prensa. No es una confusión. Mientras eso pasaba perseguían, secuestraban, torturaban y desaparecían a todos los que pensaran distinto. Pero, claro, ellos estaban mejor quedándose con Papel Prensa.

Para este sector del país viejo, acostumbrado a conducir a los que el pueblo vota, toda la realidad abrumadora es parte del relato k. No cierran los trenes sino que se vuelven a abrir, Aerolíneas Argentinas cada día tiene más usuarios y mejor servicio, los científicos argentinos vuelven al país y lanzamos satélites al espacio, no hay más puebladas reclamando en las rutas que no tienen trabajo, cualquier paritaria le gana a la suba de precios. Pero todo, todo, todo es relato k. Y la gente es medio idiota y se lo cree. Por eso quiere cada vez más a Cristina. Y encima, la culpa es de los candidatos de derecha que no critican tanto la realidad como debieran.

Sigue Sirvén con un terminología un tanto mesiánica:

“Cada presidencia tiene su utopía imperial que la mayoría de la gente suele acompañar con algarabía irracional, en tanto que una escasa minoría se enoja, se sonríe o se sonroja por el disparate.

“Que venga el principito, le presentaremos batalla”, dijo el dictador Galtieri, y el patrioterismo bélico chocó pocas semanas después con la rendición incondicional ante las tropas británicas.

“Con la democracia se come, se cura y se educa”, dijo el presidente Alfonsín, y era una utopía razonable, pero falló en su implementación. Los mismos que aplaudían el militarismo suicida un año y siete meses antes, se pusieron a recitar con fingida devoción el Preámbulo de la Constitución Nacional. El mandatario debió acortar su mandato en medio año porque la hiperinflación ya no dejaba comer, curar ni educar.

Llegó Carlos Menem y nos convenció de que éramos parte del Primer Mundo. Aquellos militaristas que luego recitaban la Constitución, se transformaron entonces en consumidores compulsivos de productos extranjeros y de baratísimos viajes subsidiados a cualquier lugar del planeta, mientras que aquí se hundía la producción nacional.

Después de la resaca por la década dolarizada de la pizza y el champagne apostamos a la contrafigura del exuberante riojano, pero la estampa austera del fugaz presidente De la Rúa convivió con denuncias gravísimas de corrupción en el Senado y desembocó en el abismo de 2001″.

Le vamos a recordar a Sirvén que la lista de presidentes que enumera (incluido Duhalde, al que se olvidó de incluir) recibieron un apoyo explícito de su diario y de los mismos que forman el tan mentado y codiciado “círculo rojo”. Y que cuando se acercaba el fin se cada mandato le quitaban el apoyo violentamente, para condicionar y extorsionar al próximo. Con ese mecanismo, el resultado era el mismo: el pueblo sufría las crisis y los grupos económicos se hacían millonarios. Y también le vamos a recordar que el país que recibió Néstor hace 12 años era la consecuencia de todos esos gobiernos y sus políticas neoliberales.

Si hay algo que no le vamos a pedir a los que conducen a la derecha ni a sus escribas es que respeten al pueblo, a la soberanía popular y a los más humildes. Sabemos que forma parte de su identidad odiar a los que se interponen en sus intereses. No es para preocuparse. A pesar de eso, el pueblo encuentra las formas democráticas para organizarse, para construir su propia representación política y para profundizar un proyecto de país en que se siente no solo incluído, sino también protagonista.

Solamente nos animamos a aconsejarle a Sirvén, para que le diga a Saguier y a los Mitre, para que a su vez le digan a Magnetto, para que a su vez le vuelvan a decir a sus periodistas que traten mejor a sus propios candidatos. Ellos hacen lo que pueden por defender sus intereses. La culpa es de otros, de los millones de argentinos que incomprensiblemente defienden todos los derechos que consiguieron estos 12 años y para colmo quieren seguir profundizando el proyecto.

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