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Héctor cámpora, un hombre leal

“Mi tío era un dirigente excepcional con valores que no hay que olvidar” por Pedro Cámpora. Sobrino de Héctor J. Cámpora El sobrino del ex presidente narra sus recuerdos de […]

“Mi tío era un dirigente excepcional con valores que no hay que olvidar”
por Pedro Cámpora. Sobrino de Héctor J. Cámpora

El sobrino del ex presidente narra sus recuerdos de la época y destaca las tres virtudes del dirigente: la lealtad, la honestidad y la dignidad. Paralelos con el gobierno de Néstor y Cristina.
 
Es oportuno y necesario recordar la figura de Héctor Cámpora. Como también es esclarecedor repasar los 49 días de su gobierno. Mi tío era un dirigente excepcional que cargaba sobre sus espaldas valores que nunca hay que olvidar, que siempre es bueno tener a mano para servir a la causa del pueblo y el país.
El primero de esos valores es la lealtad. En su caso, la lealtad a Perón, que le fue reconocida por millones de argentinos. A la lealtad hay que agregarle la honestidad. Cámpora fue un hombre de una gran honestidad, que intentó ser sometida a prueba tras el golpe de Estado de 1955 y, también, durante la última dictadura genocida: los militares de ambos períodos investigaron en detalle cómo estaba compuesto su patrimonio. Esas pesquisas eran parte de la persecución a los militantes, a los peronistas. Y en ambos casos, las dos dictaduras comprobaron que mi tío no tenía un solo ladrillo que fuera malhabido.

El tercer valor que caracterizó a Cámpora, y que quiero mencionar aquí, es la dignidad. Después del golpe de 1976, mientras estaba asilado en la embajada de México, mi tío padecía un gravísimo cáncer. Y soportó esa tremenda dolencia en condiciones durísimas y con gran dignidad.

Como sobrino del ex presidente, y como militante de la Juventud Peronista de esos años, tengo recuerdos hermosos de aquel 25 de mayo de 1973. Recuerdo que mi tío estaba inmensamente feliz y orgulloso, porque estaba viviendo el honor más alto que puede recibir un argentino. Ser electo presidente por decisión del pueblo. Y además, por si hacía falta algo para que todo fuera perfecto, estaba rodeado por una multitudinaria fiesta popular. La Plaza de Mayo llena. Por fin finalizaba la proscripción de 17 años que había tenido que sufrir el peronismo. Como decía mi tío, “después del 25 de mayo de 1973, el pueblo en el gobierno; antes de esa fecha, el régimen”.

Mi tío tenía una gran emoción aquel día. Para él no era algo menor recibir la banda presidencial como presidente electo, como tampoco era algo menor haber cumplido su promesa de que iba a ser el último delegado de Perón antes de su regreso definitivo a la Argentina. Porque fue bajo su actuación como delegado del General que se produjo el retorno de Perón a la patria: era el primer compromiso que mi tío había asumido con Perón al ser nombrado delegado. Ambos honores –ser electo presidente, ser el último delegado personal del jefe del movimiento– tenían para él un valor inmenso.

Cuando me preguntan por Cámpora y el kirchnerismo, no tengo ninguna duda. Mi tío compartiría integralmente la propuesta de proyecto nacional que primero formuló el ex presidente Kirchner, y luego continuó y profundizó la presidenta Cristina Fernández. Si hubiera vivido estos últimos ocho años, si fuera testigo de lo que el peronismo está haciendo hoy, pondría toda su lealtad y toda su capacidad al servicio de este proyecto. Sería un entusiasta militante y acompañante del gobierno de Cristina. Y si además se enterara que hoy existe una agrupación que lleva su apellido –La Cámpora–, Héctor estaría más que contento y orgulloso. Porque es una agrupación de la juventud, que fue el sector que más trabajó con él, el sector que se había comprometido afanosamente por el triunfo de la campaña del “Luche y Vuelve”, y que volvió a comprometerse de lleno en la campaña electoral del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli).

En aquellos años, el sector político más comprometido y más dinámico, sin ninguna duda, era la juventud. Recuerdo, en ese sentido, que a su regreso del último viaje a Madrid para entrevistarse con el General, Cámpora nos recibió en su departamento a mi padre, mi madre y a mí en su departamento de la calle Pacheco de Melo. Ahí me dijo: “Mirá, Pedro, quiero decirte que he contraído un fuerte compromiso con el General, de hacer posible su regreso definitivo al país, y que para ese objetivo yo cuento fundamentalmente con la juventud. Sé que es el sector en el que puedo confiar infinitamente, porque la juventud está desinteresadamente comprometida en el retorno del General.”

Aquella confesión de mi tío me hace pensar en estos años, en la relación que Cristina tiene hoy con la juventud. Hay similitudes entre este proceso, entre los gobiernos de Néstor y Cristina, con aquel. Por eso quiero recordar dos párrafos del discurso que realizó el 25 de mayo de 1973 en su asunción como presidente ante la Asamblea Legislativa. El primero está dedicado a la juventud que había hecho posible el “Luche y Vuelve”:  “Cómo no ha de pertenecer a esa juventud ese triunfo (por el triunfo electoral del 11 de marzo de 1973) si lo dio todo por el ideal de una patria justicialista. Si no hubiera sido por ella, tal vez la agonía del régimen habría prolongado la desintegración de nuestro acervo y el infortunio de los humildes. La patria ha adquirido un compromiso solemne con nuestros héroes y con nuestros mártires y nada ni nadie nos apartará de la senda que ellos trazaron con estoicismo espartano.”

El segundo párrafo tiene que ver con la vocación frentista, la convicción –que comparten Néstor, Cristina y en su momento mi tío– de que con el justicialismo solo no alcanza para producir las transformaciones que este país necesita. “Este país debe retornar al camino de su grandeza, ello no puede ser la obra de sólo una fuerza política, aunque sea mayoritaria. Puede y debe ser tarea de todos.”

Mi tío, como Néstor y Cristina, siempre pensaron que la victoria, la verdadera victoria del proyecto, no dependía de una sola fuerza política. Por todo esto, si mi tío estuviera vivo, hoy sería un fanático kirchnerista.
Cámpora era un hombre. Un hombre como todos. Estaba lleno de las facetas que humanizan. Era un gran cultor de la amistad. Disfrutaba muchísimo de la amistad con sus amigos. Y la lealtad, partiendo de esa pasión por la amistad, era un concepto que regía todos los demás conceptos de su vida. Héctor Cámpora era, también, un gran conversador. Un hombre que estaba dispuesto a pasar largas horas de sobremesa con sus amigos. Y le gustaba mucho el tango. Era un gran bailarín. Entre sus grandes amigos estaba mi padre, Pedro Cámpora. Además de hermanos de sangre, eran verdaderos amigos. Amigos en todo sentido. Íbamos todos los eneros, al llegar cada verano, a veranear a la quinta de Héctor en San Andrés de Giles. Mi tío tenía muchísimos amigos en esa ciudad, en la que se había instalado para ejercer la profesión de odontólogo. Él había nacido en Mercedes, había estudiado en la Universidad de Córdoba. Hasta que se recibió, se instaló en San Andrés de Giles y allí conoció a su esposa, María Georgina Acevedo. Sus amigos de San Andrés de Giles siempre le tendieron una mano: en las primeras 72 horas después del golpe del 24 de marzo, estuvo escondido en varias casas de la ciudad. No se llevaba bien con los empresarios que querían meterse en política, que la usaban para hacer negocios. Eso no quiere decir que, para él, un empresario no podía meterse en política. Pero para eso tenía que olvidarse de hacer negocios.

El ejemplo de mi tío es una guía en días en los que nos afrontamos a vivir una elección muy importante para el futuro de la Ciudad de Buenos Aires. Una Ciudad a la que él quería mucho. Nuestro objetivo, desde el Frente para la Victoria, con la fórmula Filmus-Tomada como estandarte, es traer a la ciudad los mismos valores con los cuales se construyen las políticas nacionales. Tenemos que desplazar de la ciudad capital esta avanzada de playa que tiene el neoliberalismo en nuestro país. En la medida que haya coincidencias e integración entre la Nación y la Ciudad, construiremos un mejor destino para todos los porteños.

En: Tiempo Argentino

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