Editorial

30 minutos en un semáforo o 30 años de miseria

Son las diez de la mañana y la más maravillosa música se mete por todos lados. Son los bombos de Perón, que se hacen presentes para recordar que los trabajadores son la columna vertebral del movimiento y de la patria. El contrapunto es el operativo mediático que habla de caos de tránsito a las siete de la mañana. Los formadores de opinión van en busca del pensamiento vacío y superficial de millones de argentinos que son condenados a escuchar siempre la misma canción: la del odio.

En la avenida 9 de Julio se va configurando una jornada festiva. Es un terrible pecado que los comunicadores no pueden soportar. El país del odio y el fracaso les produce una nostalgia tremenda. No toleran trabajadores felices. ¡Y que además festejan! Enseguida acusan, muy sueltos de cuerpo: “No son trabajadores”. Fueron arriados, una vez más, como tantas, desde el fatídico 17 de octubre de 1945.

La cantinela sigue, a puro prejuicio. “Miles de hombres fueron obligados a ir a un lugar del que no saben nada”. “No entienden”. “No saben a qué fueron ni por qué.” “No son trabajadores.” “Fueron alquilados para la ocasión.” “Quieren interrumpir el tránsito y molestar.” Un oyente advierte, con supuesto rigor científico: “Se agrandan las posibilidades de contagio de la gripe porcina…” Nos tapó el agua.

Ahí están. Todos los enemigos de la ciudadanía decente. Juntos. Haciendo concreta esa participación tantas veces declamada. La misma sociedad que lloró al padre de la democracia, Raúl Alfonsín, odia su acto fundamental: la participación. ¿Hay o existe algo más importante que la participación en una democracia? ¿Vale más la indolente cotidianeidad que la realización de una asamblea popular convocada por los trabajadores, un pilar de la sociedad, con motivo de su día?

Claro, en la democracia mediática se participa sólo en los sets de televisión. Ahí se terminan los foros válidos. Pero hay algo peor que participar. Peor es que lo hagan los trabajadores. Eso sí es inaceptable. ¡Vade retro! Porque esos miles no van a escuchar el discurso mágico de un pastor religioso de un culto electrónico auspiciado por grandes empresas y con buenos contactos con el gobierno de Mauricio Macri. Tampoco van a consumir de uno de los recitales masivos organizados por la ciudad que las radios gustan promover a cambio de jugosas pautas publicitarias.

Esos miles de trabajadores se han juntado en la “9 de Julio” para escuchar a un dirigente surgido de su seno. No van a escuchar a un ilustrado investido de saberes extraños. ¡Eso sí que es condenable! Todo esto ya es terrible… pero la pesadilla se completa con algo que rompe el límite de lo tolerable. Esa masa de miles escucha a un hombre que habla sencillo pero profundo, que repite “no es la forma, es lo de fondo lo que discutimos” y que sin rodeos afirma claramente: “hay que votar al gobierno nacional.”

Las gigantografías de Perón y Evita cierran el espectáculo profano. Es el subsuelo que vuelve y vuelve. Quienes creen ser el país no entienden que éste, por suerte, es el país. El país que pide por todos, que reivindica la producción y el trabajo, y que al mismo tiempo pelea por una distribución del ingreso más equitativa.

Esos minutos u horas perdidos por la nueva plaga egipcia que los medios denominan “caos de tránsito” tienen un sentido. “Perder” ese tiempo vale la pena. Es una contribución a defender un modelo económico y social que significa, hoy, la posibilidad de que el país exista y, hacia el futuro, una opción de sociedad más justa y con más posibilidades para todos, que termine con el oprobio de décadas de marginalidad y miseria.

Solo el pueblo salvará al pueblo.

El jueves 30 de abril, en la “9 de Julio”, vimos al pueblo.

Secretario General de La Cámpora 

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