A 50 años de su paso a la inmortalidad

Volver a Mugica es urgente

Hoy se cumplen 50 años del asesinato del compañero Carlos Mugica, a manos del grupo parapolicial conocido como “Triple A”. Cura villero y peronista, que eligió la opción por los pobres cuando muchos en la Iglesia decidieron darle la espalda a las injusticias y pactar con los poderes y jerarquías interesados en sostenerlas. “Si todos los que hoy en la Argentina nos decimos cristianos, realizáramos a fondo nuestra revolución interior, pasáramos de la injusticia al amor, ciertamente que la configuración de nuestra sociedad sería otra”, reflexionó alguna vez.

por La Cámpora
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En más de una oportunidad, él mismo relató que su verdadera conversión ocurrió gracias al contacto con los humildes, durante sus “misiones de evangelización” para la parroquia Santa Rosa de Lima en los conventillos del sur de la Ciudad de Buenos Aires. Fueron los sectores más postergados, los excluidos, quienes le enseñaron lo que era el peronismo, los que lo liberaron de los prejuicios que había absorbido en su entorno familiar y que lo habían hecho salir a la calle para celebrar el derrocamiento de Perón en septiembre de 1955.

Ya al año siguiente, de camino a una casa hacinada donde tenía que realizar su prédica, Mugica se encontró, en una especie de revelación, con un mensaje en tiza que rezaba: “Sin Perón, no hay Patria ni Dios”. Las paredes son la imprenta de los pueblos, dijo con poesía Rodolfo Walsh, otro que sufrió una transformación parecida en aquel tiempo, siendo testigo de la crueldad de los que supuestamente venían a “liberar” a los argentinos. Mugica palpó esa tristeza en el barrio y desde la conmoción se arrimó al camino que ya nunca abandonaría como sacerdote de los de abajo. 

Mugica se encontró, en una especie de revelación, con un mensaje en tiza que rezaba: "Sin Perón, no hay Patria ni Dios".

“Antes que hablarle de Dios al hombre sin techo hay que darle primero un techo, y darle un techo es ya hablarle de Dios” manifestó el padre, que en cada una de sus intervenciones solía recordar que “solo en la Capital Federal hay 120.000 departamentos vacíos hechos para los oligarcas y hay 1.500.000 personas que viven en ranchos, conventillos y villas miserias del cinturón de Buenos Aires”. Este compromiso de vida con los desposeídos lo ejerció durante su trabajo como capellán en la sede del colegio “Paulina de Mallinckrodt” que se había abierto en la Villa 31—que hoy lleva su nombre—, antes de involucrarse en la lucha revolucionaria para construir una democracia popular y sin proscripciones. 

El rol que decidió asumir no tenía como objeto “reclutar fieles” si eso implicaba persuadir a las familias necesitadas y olvidadas que era indispensable sufrir y transitar con resignada paciencia por este valle de lágrimas para poder entrar al paraíso (que para algunos es el Reino de Dios y para otros el libre mercado). Quería formar hombres y mujeres solidarios, responsables, que empezaran por los últimos y no se marearan con las alturas y las tentaciones. Ser cristiano para él significaba imitar el ejemplo de Jesús, un camino de amor y reconocimiento al prójimo, un camino de escucha y preocupación, un camino que incluyera paz, pan y trabajo para todos. Ese camino, descubrió Mugica, se tocaba con el que habían iniciado Perón y Evita, de la mano de la clase trabajadora organizada, de los descamisados, de los cabecitas negras. Por lo que ser cristiano en Argentina debía traducirse en política escogiendo el peronismo como militancia, como método de transformación, como sendero a la justicia social. 

Ser cristiano para él significaba imitar el ejemplo de Jesús, un camino de amor y reconocimiento al prójimo, un camino de escucha y preocupación, un camino que incluyera paz, pan y trabajo para todos.

Hoy, bajo el gobierno de Javier Milei, nos encontramos en un momento donde los pobres son despreciados por el Estado, donde se los trata de “planeros”, de culpables de la suciedad y la basura, como un número sobrante en la balanza de gastos. Hace más de 15 años existe en la Ciudad de Buenos Aires una gestión que lanzó demagógicamente el plan de erradicación de villas a base de no ofrecer ninguna obra real y duradera, que combina maquillaje con negocio inmobiliario, mediante una especulación obscena y expulsiva. Todo lo contrario a lo propuesto por Mugica y que desató su conflicto con José López Rega: que las viviendas las construyan cooperativas populares integradas por los propios villeros organizados. 


En síntesis, frente a esta pedagogía de la crueldad que hoy impera, frente a esta apología descarnada de la injusticia y la violencia contra los que menos tienen, volver a Mugica es urgente. A su pasión, a su entrega, a su ternura, a su humildad. Desde las unidades básicas, trabajando codo a codo con los centros católicos de los barrios, con las iglesias de base, con la comunidad toda, para que no nos arrebaten nuestros sueños, para que puedan volverse realidad.

Frente a esta pedagogía de la crueldad que hoy impera, frente a esta apología descarnada de la injusticia y la violencia contra los que menos tienen, volver a Mugica es urgente.

Porque como decía este cura del Tercer Mundo, que predicaba poniendo el cuerpo, embarrándose, recogiendo la palabra de los humildes antes que imponerles la suya: “no es posible que unos pocos tengan tanto; y tantos, tan poco. Sin odio en el corazón, unidos todos, debemos luchar... para que no haya un solo argentino que carezca de vivienda decente, alimento abundante para él y sus hijos y posibilidades de adquirir una cultura que le posibilite sentirse verdaderamente útil a su Patria. No hay nada más estupendo que esta lucha; el secreto de la felicidad está precisamente en olvidarse de uno mismo para brindarse a los demás hombres". Por eso oramos con él, en su memoria y hasta que no haya un solo marginado en la Patria: 

“Señor, perdóname por haberme acostumbrado

a ver que los chicos parezcan tener ocho años y tengan trece.

Señor, perdóname por haberme acostumbrado

a chapotear en el barro. Yo me puedo ir, ellos no.

Señor, perdóname por haber aprendido a soportar el olor de aguas servidas,

de las que puedo no sufrir, ellos no.

Señor, perdóname por encender la luz y olvidarme que ellos no pueden hacerlo.

Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no,

porque nadie puede hacer huelga con su propia hambre.

Señor, perdóname por decirles 'no solo de pan vive el hombre'

y no luchar con todo para que rescaten su pan.

Señor, quiero quererlos por ellos y no por mí.

Señor, quiero morir por ellos, ayúdame a vivir para ellos.

Señor, quiero estar con ellos a la hora de la luz”.