Opinión

106 años de la Reforma Universitaria

Seguimos luchando por la Universidad Nacional popular

Whatsapp Image 2024 06 17 At 1049 52

Este 15 de junio se celebran los 106 años de la Reforma Universitaria de 1918. La fecha es simbólica, pues lo que llamamos la Reforma no se define únicamente por lo sucedido aquel día de otoño en la Universidad Nacional de Córdoba, cuando sus estudiantes declararon una huelga general en contra de la elección de un nuevo Rector, contrario a las reformas que venían exigiendo; sino que la Reforma antecede por varios años a este día, y no es exclusiva ni siquiera a la Argentina, sino que el fenómeno atravesó a toda América Latina.



por La Cámpora Universidad
17 jun 2024

Antes de este momento, ya en Chile, Uruguay y en la UBA, inclusive, existían agrupaciones estudiantiles que reclamaban por el co-gobierno universitario y la libertad de cátedra. Lo innovador de lo ocurrido en Córdoba respecto a estos antecedentes fue que, por primera vez, el reclamo superó el puro gremialismo, y en vez de exigir la democratización de la Universidad como una reivindicación de y para los estudiantes, se propuso un proyecto mayor: democratizar la Universidad, para también democratizar la Nación. Se trataba no sólo de impugnar a la oligarquía que gestionaba a las Universidades, sino también impugnar todo el régimen oligárquico en su conjunto, y su servidumbre a las potencias imperiales.



En vez de exigir la democratización de la Universidad como una reivindicación de y para los estudiantes, se propuso un proyecto mayor: democratizar la Universidad, para también democratizar la Nación.

El estudiantado del siglo XIX y comienzos del XX veía con conmoción el avance del imperialismo estadounidense hacia el sur del continente: con la Doctrina del Destino Manifiesto, había expandido su frontera hacia la costa oeste, arrancando territorios enteros a México. Había invadido Nicaragua, recién comenzado el nuevo siglo, y ya se había anexado a Puerto Rico y ocupaba parte de Cuba. La contracara al expansionismo del imperialismo estadounidense fue la gestación de un creciente latinoamericanismo que recuperaba las ideas de San Martín y de Bolívar respecto a la creación de un proyecto de gran Nación Latinoamericana en defensa a las agresiones de la potencia estadounidense. Ese espíritu anti-imperialista fue el que destacó todo el proceso reformista del ‘18 y lo convirtió en una experiencia única en el continente.



La contracara al expansionismo del imperialismo estadounidense fue la gestación de un creciente latinoamericanismo que recuperaba las ideas de San Martín y de Bolívar.

Cuando en el Manifiesto Liminar se escribía “estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”, los estudiantes latinoamericanos ya venían de cuatro congresos internacionales: los de 1908 (Montevideo), 1910 (Buenos Aires), 1912 (Lima) y 1914 (Santiago de Chile). Otros más se realizarían en los años siguientes en el resto del continente. La convocatoria a la hermandad latinoamericana era permanente, tanto para luchar contra la amenaza estadounidense, como contras las oligarquías nacionales que postraban a la patria al servicio de este y otros imperialismos. Y era, además, una convocatoria juvenil: en América Latina, con el estudiantado, surge, incipiente, la juventud como sujeto político, una juventud que “ya no pide, exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”, como reza el Manifiesto.


No siendo esto suficiente, un segundo tema cruza a la reforma: el del fuerte compromiso que sentían los estudiantes para con sus pueblos. Y, por primera vez, ¡51 años antes del Cordobazo!, los estudiantes planteaban una identidad propia que trazaba solidaridad con la del movimiento obrero. La extensión universitaria, como herencia de la Reforma, no se trataba de una mera “asistencia” social, sino de superar por primera vez la isla universitaria y poner a la universidad al servicio de las necesidades obreras y populares: a lo largo del continente, los estudiantes invitaban a los obreros a tomar cursos de arte, historia, economía, ciencia y cuestiones obreras en aquellas universidades a las que la oligarquía les tenía vedada la entrada; al tiempo en que se pensaban formas en que la Universidad podría asistir a las necesidades y reclamos populares. Un viento de transformación social agitaba la bandera reformista.


Sobre esto, el propio Deodoro Roca, redactor del Manifiesto Liminar, en 1936 habría dicho: “Eso es la Reforma: enlace vital de lo universitario con lo político, camino y peripecia dramática de la Juventud continental, que conduce a un nuevo orden social… El ‘puro’ universitario es una cosa monstruosa” ¿Qué es el Universitario Puro? Aquel que solo defiende sus intereses gremiales, los que se olvidan de los intereses populares y nacionales, y rehuyen del lugar político que ha de tomar la verdadera Universidad reformada. 


Y esa “cosa monstruosa” traiciona los valores del ‘18. ¿Quiénes eran? En el caso de nuestra patria, el estudiantado se había empezado a fragmentar:  por un lado, la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA) se asustaba ante el creciente deseo de revolución social, por lo que pasó a defender un mayor apoliticismo y el aislamiento del estudiante en el gremialismo. Por otro lado, los cordobeses y la Federación Universitaria Argentina (FUA) sostuvieron por un poco más el sueño original de la Reforma que, solidarizando con referentes claves otras latitudes del continente, donde florecían figuras como Mariátegui y Haya de la Torre, en Perú; Mella, en Cuba; o Vasconcelos, en México. Pero pronto, también perdieron impulso, como también lo perdieron el resto de los proyectos reformistas de la región. El Universitario “Puro” empezaba a surgir así, de los asustados del potencial transformador de la Universidad, que se encerraron en la isla “democrática”, sin democratizar la patria ni transformarle la vida a su pueblo.


Así es como ocurrirán dos hechos irónicos y de otra forma  inexplicables: primero, que el mismo estudiantado reformista acabó apoyando al derrocamiento de Hipólito Yrigoyen, acusándolo de ¡tirano!, pese haber sido el presidente que garantizó doce años antes el marco jurídico para que la propuesta de democratización interna de la Universidad ocurriese. Segundo, y esto es muy bien sabido por nosotros, acabaron apoyando en 1955 el derrocamiento del General Perón, pese a haber sido él quien estableció el no-arancelamiento de las Universidades quintuplicando su matrícula— e implementó la integración de la Universidad a un proyecto de soberanía nacional y popular antiimperialista, consonante con los sueños de los verdaderos reformistas del resto del continente, lejanos ya de los que se llamaban reformistas en la Argentina. Hasta este punto, era evidente que la ruptura de ese “Reformismo” con los valores reformistas eran totales: recluidos en el gremialismo, habían abandonado a los trabajadores y empezado a luchar incluso contra ellos.





Acabaron apoyando en 1955 el derrocamiento del General Perón, pese a haber sido él quien estableció el no-arancelamiento de las Universidades quintuplicando su matrícula— e implementó la integración de la Universidad a un proyecto de soberanía nacional y popular antiimperialista.

Recién en los ‘60, cuando la dictadura de Onganía vertió sobre la misma Universidad la represión que los falsos Reformistas habrían apoyado contra los obreros en el pasado, fue cuando, por primera vez, los estudiantes comenzaron a reconocer el verdadero valor democrático y emancipatorio del peronismo. Y al calor del fuego del Cordobazo, se reeditó el proyecto de unidad obrero-estudiantil abandonado por el Reformismo, pero esta vez bajo la bandera peronista. Con la Juventud Peronista y las nuevas agrupaciones estudiantiles alrededor de ella formadas, con el proyecto de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires y el rector Rodolfo Puiggrós, y con las reformas educativas de Jorge Taiana bajo el gobierno de Héctor J. Cámpora, fue cuando no sólo recuperamos la verdadera libertad de cátedra -pudiendo devolver sus puestos de trabajo a todos los docentes expulsados de la Universidad por los 18 años de proscripción del peronismo-, sino que también logramos arrebatarle la Universidad a los grandes capitales concentrados, que ponían la ciencia y la educación bajo la dirección de los intereses extranjeros y privados, en contra de los intereses nacionales y populares de nuestra patria.


Como lo señaló alguna vez el propio Rodolfo Puiggrós, “nosotros creemos que el advenimiento del peronismo al gobierno y su marcha hacia la conquista del poder le otorgan a la Universidad una función junto y con el pueblo, en de participar con los trabajadores, que, si bien, estuvo en los proyectos de los reformistas de 1918 nunca se convirtió en plena realidad”. Asimismo, “los principios de la Reforma hay que desarrollarlos, hay que aplicarlos sobre todo en lo que se refiere a sacar la Universidad de su aislamiento para convertirla en parte activa del pueblo”. No fueron ni los gobiernos radicales, ni los liberales, ni, desde ya, los dictatoriales, los que lograron esa meta original de la gran Reforma Universitaria latinoamericana de constituir una Universidad Nacional y Popular, antiimperialista y latinoamericanista; sino que fueron los gobiernos peronistas: nuestros gobiernos, con los que logramos la gratuidad y la puesta en servicio de nuestra ciencia y técnica al proyecto de soberanía política, independencia económica y justicia social.


De esta forma, quienes hoy se llaman “Reformistas” no sólo han abandonado las banderas originales de una Universidad popular, nacional y obrera, sino que han mutilado y traicionado esas mismas banderas, pues, al recortarlas, al reducirlas a la sola lucha por el cogobierno y la libertad de cátedra, se han convertido en aquello que el propio Deodoro Roca denunciaba como cosa monstruosa, al devenir en el Universitario “Puro”, que se olvida del lugar político y social de la Universidad. Reducen todo lo que el Reformismo alguna vez representó en la región a una mera bandera gremialista y, bajo esa bandera, se esconden mientras un nuevo proyecto antipopular y antinacional se cierne sobre nuestro suelo, amenazando con volver a poner a este pueblo trabajador bajo el yugo de oligarquías, capitales concentrados e intereses imperiales. Contra eso, desde el peronismo, no defendemos ese Universitario “Puro”, sino al verdadero Universitario, aquel que estudia e investiga para poner todo su conocimiento y sus habilidades en función de las necesidades de su pueblo y de su patria.


No podemos cerrar sin recordar que la bandera por una Universidad Nacional y Popular del Peronismo pudo volver a ser flameada, luego de la larga noche neoliberal, por Néstor y Cristina, quienes no sólo crearon 17 nuevas universidades, sino que también fueron los promotores del retorno de nuestros científicos y profesionales con el Programa Raíces, reintegrándolos a la Universidad, al sistema científico, y a un proyecto de Nación.


Ellos fueron los defensores de la expansión de todas aquellas carreras estratégicas e indispensables para el crecimiento de nuestra patria y la maximización del bienestar de nuestros conciudadanos. Pero además -y para esto no habrá mayor ejemplo que el de nuestro compañero Tiago Ares, cuyo proyecto estudiantil Cristina convierte en el Plan Qunita, que le salvará la vida a tantos bebés de nuestro país-, fueron Néstor y Cristina con quienes, nosotros, los estudiantes, pudimos volver a potenciar nuestro trayecto universitario y ponernos una vez más al servicio de nuestro pueblo. Con ese mandato nos convocaron a ser protagonistas de la historia y por eso militamos todos los días para que la Universidad se llene de pueblo, recuperando lo mejor del espíritu de la Reforma.