Editorial - Por Lucía Ochoa

Salir a la calle siendo libres y no valientes

Te levantás temprano y salís para el trabajo. Abrís Twitter y lees que mataron a Melina, de 17 años. Los medios replican que no estudiaba y salía todos los días. Empezás a caminar hacia el subte y un piola te toca bocina cuando pasa por tu lado. Ponés mala cara y seguís caminando, odiás que te jodan a la mañana.

“Buen día, mamita, con ese culo te invito a cagar a casa”, se escucha cuando pasás por una obra en construcción. “¿Qué te pasa, pedazo de cornudo?”, le decís harta de vivir la misma escena todos los días. “¿Epa, qué pasa, te vino hoy?”, te contestan y se ríen.
Llegás a la oficina y prendés la televisión. Julieta fue a una entrevista de trabajo y apareció dos días después en una bolsa de basura, como si fuera eso, basura. Sin embargo, es su culpa por haber ido en short. Te enterás que esa compañera de colegio que siempre salía con los pibes que te gustaban está embarazada, la primera de nuestra generación.

Tiene un excelente promedio en la facultad y un muy buen trabajo. “Siempre tuvo pinta de trola” es el primer comentario que escuchas al respecto. A continuación, esa misma persona habla del campeón de Pedro, que se garchó tres minitas en una semana. El campeón de Pedro tiene 30 años, no estudia, labura en un call center y vive con los padres. Salís del trabajo para comprar el almuerzo y te encontras con una amiga de la familia. “Cómo estás nena tanto tiempo? Me dijeron que estás en La Cámpora. Para mí la política es cosa de hombres. Ah, así que estudiaste periodismo? Vos sos linda, tenés que ir a la tele”.

Para hacer tiempo antes de la facultad vas al bar de siempre y el mozo se está peleando con un cliente. “Que vaya Icardi a la Selección y les robe las mujeres a todos, no me importa, pero hay que clasificar”, dice el viejo. “Qué pasó Carlos, otra vez perdieron con Patronato? Ya los tiene de hijos”, le decís al mozo en la chicana habitual. El cliente levanta la vista, te mira despectivamente y le dice “Te está cargando una mujer”.

Te das vuelta e intentando no levantar el tono le contestás: “¿Usted va a la cancha, señor? Porque yo voy todos los domingos”. “Así que cierre el orto, viejo de mierda”, te da ganas de decirle, pero te contenés. Escuchas en la radio que María apareció muerta en un descampado, pero fue su culpa por irse con un pibe que había conocido en una fiesta. Son pasadas las 10 de la noche y salís del subte rumbo a la casa de tu vieja. Caminas rápido esa cuadra oscura y escuchás pasos atrás. Ves que se acerca un hombre que te mira fijo. Le devolvés la mirada firme y sigue caminando. Cuando doblás en la esquina escuchás que te grita algo pero decidís ignorarlo. Aunque es un imbecil, pensás que no te deberías haber puesto esa pollera.

Llegás y te descargás: “Me tienen los huevos al plato estos pajeros del orto”. “Hablá bien, Lucía, no sos un camionero. Y sentate como una señorita”. Después de comer, ya es la hora de salir. Vas a ir a un boliche con tus amigas. Entrás, y mientras esperás un Fernet en la barra, se te acerca un pibe. Se te pone a hablar pese a que dejás en claro que no tenés ningún interés. Intenta acercarse y cuando lo alejas te dice “¿Y para que venís entonces?”. Te vas a buscar a tus amigos y cuando te sumás a la ronda alguien atrás te toca el orto. Te das vuelta e impulsivamente le metés una piña. Corta la bocha. “Eh, calmate, loca”, te dice y se va riéndose. Al salir, te subís al taxi y durante todo el viaje te esforzas por no quedarte dormida, como Ana, a la que hace un mes violó un taxista volviendo de una fiesta. Finalmente llegás a tu casa y le mandas un Whatsapp a tu amiga avisandole. Porque sí, entre mujeres hacemos eso. Porque sí, entre mujeres sabemos que algún día podemos llegar a no volver.

Este puede ser el día de cualquier mujer argentina y por eso marchamos mañana. Porque queremos los mismos derechos y las mismas oportunidades. Porque queremos elegir quiénes queremos ser. Porque queremos poder decir que no. Porque queremos salir a la calle siendo libres y no valientes. Porque no queremos que nos maten.

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