Editorial - Políticas de ajuste permanente, transferencia de recursos hacia sectores concentrados, ahogo de las expresiones democráticas culturales, destrucción de los organismos regionales soberanos. La Argentina se encamina hacia la reiteración de su historia política en forma de tragedia social. En este escenario reapareció Cristina Fernández de Kirchner y propuso construir nuevas mayorías.

Cristina, agosto y después

Por Jorge Giles*

De continuar ejecutándose las políticas de gobierno basadas en el ajuste permanente, vía transferencia de recursos de los más pobres a los más ricos, endeudamiento externo, desempleo creciente, achatamiento y ahogo de las expresiones democráticas culturales, destrucción de los organismos regionales soberanos (MERCOSUR, UNASUR, CELAC), inexorablemente la sociedad argentina marchará, más temprano que tarde, hacia una nueva tragedia social. Y esta vez será peor que cualquiera de las tragedias ya sufridas por el pueblo, toda vez que no habrá ni un tubo de oxigeno peronista que alivie el agobio colectivo, así como tampoco habrá la chance de pensar ilusamente que el vuelco ocurrirá por “errores de gestión” cometidos en el afán de favorecer la meta de “pobreza cero”.

El macrismo es, por si quedan dudas, la fase superadora del menemismo y la culminación cuasi exitosa de la fragua inconclusa que dejó la Alianza radical-progresista. Es decir, lo que la derecha oligárquica no pudo lograr siquiera con las dictaduras que supo instalar, lo vino a lograr en tiempos de democracia con los poderosos tanques mediáticos que nos bombardearon la cabeza día y noche y lo siguen haciendo. Primero ensayó con carnet peronista (Menem), después con carnet radical (De la Rúa) y finalmente con carnet propio (Macri y Ceos varios).

El kirchnerismo en cambio, con sus errores, desprolijidades, limitaciones, fue la antítesis de esos modelos de exclusión social.

El cotejo de antecedentes lo hacemos, como corresponde, con otros gobiernos electos democráticamente porque nos evita el escarnio de comparar la realidad de nuestros días con los antecedentes tenebrosos de las varias dictaduras de la última mitad de siglo XX. Y de paso, no ofendemos a ninguna alma presuntamente republicana.
Retomemos. El macrismo es lo que muestra ser. No es ni más ni menos. Proyectó su brutal reconfiguración de la economía y la sociedad pos kirchnerista y lo está cumpliendo a rajatabla. No hubo errores, no hubo excesos. Este es su modelo de país y si no le gusta, tendrá usted sólo dos opciones: resignarse o enfrentarlo democráticamente como pueda y deba.

Ahora sí que estamos insertos en el mundo y ahora sí que este caótico mundo se nos insertó por todos los costados; porque habrá que recordar que este mundo en que nos metieron es un mundo en guerra, no por religiones como advirtiera el Papa Francisco, sino en guerra por intereses económicos. Y mientras esté el macrismo gobernando no podremos hacer como Mafalda con aquello de “paren el mundo que me quiero bajar”.

La realidad es dura; la vida, también.

En este escenario reaparece Cristina ante todos y todas.

¿Pensaban que iba a llamar a la unidad partidocrática del PJ sin poner condiciones ni fronteras?

¿Pensaban que, por el contrario, se iba a refugiar exclusiva y excluyentemente en los sectores más leales del kirchnerismo?

¿Pensaban que iba a prevalecer su ego y autoproclamarse la líder y conductora de lo que aun no está construido?

No hizo nada de eso.

Seamos serios. Tanto ella como cualquiera de nosotros, mortales de a pie y sin caballo, sabemos que el avance de la derecha fue y es posible porque el movimiento popular está roto en su superestructura. Ampliamos el concepto para que no nos confundamos: en la superestructura institucional del movimiento prevalecen los egos, los cacicazgos, los que tienen la cola sucia y temen hablar, los que sólo saben especular con el próximo cargo porque ese y no otro es su “arte de vivir”, los cobardes con o sin títulos académicos que excusados tras la fachada de la “gobernabilidad”, levantaron dócilmente la manito para votar las leyes del neoliberalismo gobernante.

¿Habrá que barajar y dar de nuevo? ¿Habrá que trazar una raya y dar una nueva oportunidad a todos los que alguna vez integraron el mismo rebaño? ¿O habrá que trabajar para concretar una amplia convocatoria que reúna al universo afectado por estas políticas sin importar identidades partidarias previas? Que lo diga la política. Lo cierto es que el jarrón está roto y hay que construir uno nuevo.

La dialéctica ya enseñó desde hace varios siglos que el avance de unos es el retroceso de otros. Y que en tiempos de crisis el espíritu sectario es el peor consejero. Releer los clásicos le vendría muy bien a más de uno.

En su primer mensaje de abril pasado Cristina invitó a construir un Frente Ciudadano. No dijo Frente kirchnerista; dijo Frente Ciudadano. En su última reaparición invitó a construir nuevas mayorías. No dijo reconstruir “nuevas mayorías kirchneristas”, dijo: “nuevas mayorías” a secas. Pero citó dos ejemplos claritos y concisos: la lucha triunfal de los estudiantes secundarios por el boleto estudiantil y la rebelión vecinal contra el tarifazo.

Por allí pasa la vida: por la participación militante de la juventud, de los vecinos movilizados y de los trabajadores que se pongan de pie como tributo a su propia memoria de clase.

Todo este berenjenal, este campo minado y al mismo tiempo todo este terreno por sembrar, obliga a pensar en otra dimensión de la política que si bien no es novedosa en nuestra historia es indicativa que de cada encrucijada, los pueblos salen siempre construyendo nuevas alternativas. Eso no equivale a decir “nuevas identidades”. Eso lo dirá el tiempo a recorrer y siempre será una consecuencia del camino por andar y nunca un certificado de nacimiento prematuro. De esos errores, además, nunca se sale indemnes.

Para decirlo en términos jauretchanos (perdón Don Arturo): la pelota está picando del lado de la sociedad. Depende de nosotros y sólo de nosotros que la pateemos hacia el lado contrario o la tiremos afuera o nos la dejemos robar y perdamos el partido.

De todos modos, terminemos con el misterio ese de si Cristina jugará o no jugará. Lo hará desde su responsabilidad histórica como militante, afirmó. Y está bien que diga eso. Porque afirmar lo contrario sería poner el carro delante y en el mejor de los casos, una indisimulable incoherencia: la de llamar a construir algo nuevo para reconquistar el gobierno y el Estado, pero ponerse ella en primer lugar como candidata a no sé qué.

No obstante, estamos convencidos que eso sucederá cuando las uvas estén maduras, no antes. Y para arriesgar una opinión al respecto: también estamos convencidos que Cristina debería encabezar la lista bonaerense en las elecciones de medio término del 2017. Porque en democracia las reglas son así y porque toda energía social desatada se corona finalmente en el voto popular. No se enojen, es sólo una modesta opinión ciudadana que no compromete a nadie.

Va quedando claro que Cristina busca enfrentar la derrota electoral y los continuos ataques del poder económico, judicial y económico sufridos por ella como por la sociedad, con formas novedosas de liderazgos políticos y sociales, como dijo explícitamente en el reportaje televisivo con Roberto Navarro. No cae en el reduccionismo de proponerse ella como candidata o como la convocante de algo nuevo sino que interpela al pueblo y pide echarse a andar como fuente de toda energía y sabiduría histórica. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, enseñó el poeta.

Arremangarse entonces y a construir mayorías para reconquistar poder popular ahora que los “coroneles de Mitre”, versión republicana siglo XXI, llaman nuevamente a degüello.

Todos los argentinos tendremos algo para aportar en esta nueva construcción colectiva, pero sin dudas serán los jóvenes, los trabajadores y los nuevos excluidos quienes deberán conformar la masa crítica imprescindible.

Quizá el mes de agosto recién inaugurado sea llamado a convertirse en un mes de inflexión que ayude a iniciar una nueva etapa política en la Argentina. Una etapa que sirva para la reconstrucción de las fuerzas populares. Para la recomposición de las fuerzas sindicales. Y para la reconstrucción de los nuevos liderazgos que precisa la sociedad.

Todo será posible con un pueblo movilizado y en paz y a como dé lugar la defensa de la democracia participativa e inclusiva que supimos conquistar en estos últimos años.

*Periodista y escritor