Editorial - Por Santiago Carreras

Entre coronas y espinas

“Muerto el rey, viva el rey.” No. En la Asociación del Fútbol Argentino se puso de rodillas aquel lema tan propagado en lo que a sucesiones de poder se refiere. Desde la muerte de Julio Humberto Grondona lo que ha ocurrido es una serie de eventos que demuestran que la ausencia de política como herramienta de consenso para delinear objetivos y trazar destinos han sumergido a la AFA en la peor de las incertidumbres.

Es que desde aquella elección empatada en 38, en una escena chaplinesca, pasando por las distintas comisiones directivas que se pusieron en marcha, los acuerdos y desacuerdos, los candidatos que son y dejan de ser, observamos el común denominador de la falta de política como elemento ordenador. Por el contrario, los dirigentes hoy combaten entre su coyuntura y la prepotencia de los emisarios del Gobierno que buscan imponer condiciones y lejos están de la realidad dirigencial, sin timón ni respuesta. Si como decía Marechal, de todo laberinto se sale por arriba, la única salida de este caos es con política.

Pero el análisis sobre la realidad que vive nuestro fútbol tiene un punto de inflexión: el Fútbol Para Todos. A partir de la decisión política de la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner de reconocer el derecho de todos los argentinos de ver su pasión en vivo y en directo, cambió el escenario. Esto permitió aumentar en ingresos y darle mayor equilibrio al fútbol argentino. De eso, que es mucho (por derechos y simbolismos), estamos asistiendo a la firma de su certificado de defunción a través de los medios de comunicación.

Lejos quedó la promesa realizada por Mauricio Macri en la campaña que lo llevó a Casa Rosada de sostener el Fútbol para Todos. Será que el hombre no puede contra su espíritu. Convencido de que ver el fútbol gratis es una pérdida de recursos y no un derecho. Todavía resuenan en los pasillos de Viamonte las palabras de Fernando Marín, el nombrado director y verdugo del FPT: “El Fútbol para Todos tiene fecha de vencimiento, pero no vamos a ser nosotros los que paguemos el costo social de tomar esa decisión”. En el medio del desorden y la falta de administración, esa frase fue el quiebre para que los dirigentes empezaran a comprender que lo que se venía era un destino donde aquel equilibrio dejaría de existir. Pero en esta aldea el que es juez también es parte. Y así hemos llegado a la denominada “Super Liga”, la excusa para discontinuar el contrato de AFA con el Estado y sellar el final del FpT. Con este nuevo formato de torneo se licitarían nuevamente los derechos de televisación y cualquier oferente tendrá como finalidad un negocio: volver al fútbol pago en Argentina.

Con supuestas ofertas millonarias que llegan como susurros, por lo bajo y sin confirmar, se especula con un torneo a semejanza de la Liga española con ricos muy ricos y chicos cumpliendo el rol de actores de reparto en torneos con pobres cada vez más pobres.

Sumémosle otro elemento: al igual que durante 1966 y 1974, tiempos oscuros de nuestro país y con notable ausencia de política, aparece la intervención como una “posible solución” a partir de la deteriorada imagen de los dirigentes y el fantasma de la Justicia rondando por AFA. Una coincidencia que a esta altura no parece ser casualidad.

Como si fuera poco, en este escenario a muchos dirigentes no los une el amor, sino el espanto. En un futuro reparto de cartas, así quedaría la AFA: de un lado, las ligas del interior y Primera D temen caerse del mundo, en la Primera C tiemblan por el fantasma del amateurismo, mientras que la Primera B sueña con lo que se pueda derramar de los ingresos generados por lo que facture la Selección Argentina. Del otro lado, los clubes de Nacional B y la Primera División se enamoran de una dama denominada Super Liga que los endulza con el dinero fácil. Sin embargo, muchos de ellos también creen que la decisión estará en manos de los grandes que se quedarán con el grueso de los ingresos y el protagonismo deportivo, como un reflejo de la Liga de las Estrellas en España.

El panorama es sombrío: una liga pensada por y para unos pocos en detrimento del federalismo y los clubes de barrio, con la sumatoria de la quita del derecho reconocido que significa Fútbol para Todos. Ahora la pregunta que nos cabe hacernos a todos los que amamos y latimos por esta pasión: ¿Qué nos hace creer que este nuevo orden, con los mismos nombres y con un rumbo poco claro, será la solución final para el caos que se vive en AFA? No estaría mal volver a la política, el destino para los que pretenden ponerse la corona pero aun hoy parecen desconocer.

*Publicada originalmente en la edición de hoy de Página 12.