Editorial -

El regreso de los autogobiernos policiales

Por Ricardo Ragendorfer

Ya se sabe que Cristián Lanata y Víctor Schillaci fueron atrapados dos días después del falso anuncio al respecto, que en su momento tanto había alegrado al gobierno de Cambiemos. Y ahora, con el telón de la fuga ya caído, bien vale analizar este punto en particular.

“Felicito a todo el equipo y a las fuerzas de Seguridad por la captura de los prófugos”, escribió Mauricio Macri en Twitter a las 14.39 del 9 de enero. En tanto, por esa misma red social, otras altas autoridades –entre ellas, Gabriela Michetti, María Eugenia Vidal, Patricia Bullrich y Cristián Ritondo– también se congratulaban entre sí. Sin duda, tales textos pasarán a la posteridad como el registro inapelable de un auténtico papelón de Estado. Y en medio del caso político-policial más delirante de la historia argentina.

¿Quién les habría inyectado en los ojos semejante espejismo? ¿Fue un “error deliberado (sic)” –tal como expresó la gobernadora María Eugenia en la mesa de la señora Mirtha Legrand– o fueron ellos los artífices de su propio viaje al ridículo? Es muy posible que en este asunto haya un equilibrado porcentaje de ambas cosas. En consecuencia, el escenario es inquietante.

Tras el escape de los condenados por el triple crimen de General Rodríguez, la hipótesis inicial de los flamantes funcionarios apuntaba hacia el largo brazo narco, lo cual es como hablar de “las siete plagas de Egipto”. No obstante, con el paso de los días, ampliaron hasta límites fantasmagóricos el universo de sus sospechas y temores. Eso se tradujo en más de cien allanamientos, detenciones arbitrarias, acusaciones políticas y el anuncio anticipado de purgas policiales.

Claro que La Bonaerense –sin estar específicamente relacionada con el plan de evasión– trabajó en la búsqueda de los reos a reglamento. A eso en la jerga de los “Patas Negras” se le llama “poner palanca en boludo”. Quizás haya sido una respuesta a la designación en la cúpula de Pablo Bressi, un delfín del jefe saliente, Hugo Matzkin, hecho que en la actualidad anima una dura puja entre las líneas internas del comisariato. En tal sentido, el ministro Ritondo incurrió en una confesión desencarnada: “Que los prófugos estaban acorralados fue un dato que me lo tiró la propia policía”.

Y ya durante la etapa santafecina de esa cacería humana, en el entorno de la ministra Bullrich se dijo por lo bajo que la versión de los arrestos imaginarios del sábado también se originó en una “fuente policial”.
¿Acaso se federalizó el encono de los uniformados hacia sus mandantes del poder civil? En cuanto a la Gendarmería, aún están calientes los cadáveres de los 44 suboficiales malogrados camino a Jujuy, para lo que iba a ser el debut represivo del macrismo a escala nacional. Y en cuanto a la Policía Federal, el desguace de su estructura para fusionar a 19 mil efectivos de esa fuerza con la Metropolitana también ha causado cierta beligerancia.

Desde una perspectiva más global, tempranamente resulta notable el nivel de improvisación y amateurismo con el cual el oficialismo anuda su relación con las fuerzas de seguridad a su cargo. Fuerzas que hicieron de la recaudación su sistema de sobrevivencia. Y que, por lo tanto, se autogobiernan.

En medio de tal encrucijada, se produjo la captura –y esta vez, en serio– del menor de los Lanatta y Víctor Schillaci. Tamaña hazaña tomó estado público a través de una declaración periodística del vicegobernador de Santa Fe, Carlos Fascendini, quien aclaró: “Aún no me comuniqué con el gobierno nacional”.

Eso significa que el Presidente se enteró del asunto por televisión.