Editorial -

El periodista militante del PRO

Por Hernán Brienza (*)

I. ¿Qué dirá la Santa Madre de la Honestidad Elisa Carrió ahora que su principal socio está sospechado de haber lavado dinero a través de empresas fantasma de Fernando Niembro? ¿Cómo justificarán frente a la Legislatura Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal las 192 contrataciones que beneficiaron con 23 millones de pesos al ex vocero menemista que informó a la sociedad, en los noventa, los indultos recién firmados por Carlos Menem y que garantizaron la impunidad de los genocidas por más de una década? ¿Ahora se entiende por qué siempre aparecían en las transmisiones de los partidos de fútbol figurones políticos como el salteño Olmedo o el propio Macri recibiendo elogios del comentarista deportivo? ¿Por qué los porteños tenemos que pagar de nuestros bolsillos esa millonada de pesos para que un comentarista de Cablevisión haga publicidad, a escondidas, de un partido político?

Los mismos que se rasgaban las vestiduras por el Fútbol para Todos que beneficia a millones de argentinos son los que ahora deberán dar cuenta de por qué utilizaban los dineros públicos de los porteños para mantener a un operador político macrista disfrazado de comentarista de fútbol.
Se notaba mucho que Niembro era un periodista militante del PRO, lo que no se sabía era que un periodistas mantenido económicamente por el PRO. Ahora, el multiprocesado Macri, Larreta y Vidal, con esa carita de niña rica y buenita de parroquia, ya no necesitarán sacarse fotos truchas en inundaciones, deberán ponerse las botas en serio, porque el barro de la corrupción empezó a subirles por las piernas.
A esta altura de la nota debo reconocer que no me interesa en lo más mínimo la variable “corrupción” en la política. Los discursos “honestistas” siempre me resultaron oportunistas, vacíos, teñidos de operaciones políticas y mediáticas cruzadas. Carlos Menem y Fernando de la Rúa no hundieron el país en la pobreza, la miseria, la desocupación, el endeudamiento, la recesión porque “se afanaron todo”, lo lograron con sus políticas públicas tendientes a concentrar la economía beneficiando a los grupos económicos y en beneficio de los modelos de ajuste dictados por el FMI para continuar con la ronda perpetua de extracción de divisas de la economía argentina.
Y claro que tampoco el kirchnerismo redujo la desigualdad, la pobreza, la desocupación y puso en el camino del desarrollo y el crecimiento económico a fuerza de honestidad y decencia, sino, una vez más, con sus políticas públicas. Sería ideal que los políticos y los seres humanos fueran incorruptibles como Nippur de Lagash, pero una vez más, dejando la corrupción como variable “ceteris paribus”, no es la decencia la que marca la diferencia sino las políticas públicas.
II. La otra tontera argumentativa de la derecha es la que sostiene que la Argentina no crece por culpa de “La Grieta”. Como si se tratara de un título de una pésima película de terror, los voceros de la Vieja Argentina agitan el fantasma de las rupturas sociales madre de todos los males. A toda vista se trata de una falacia: ¿no había grieta en los años de crecimiento consecutivos hasta 2011? ¿La había durante la recesión entre 1998 y 2001?
Pero si uno analiza con mayor perspectiva la cuestión social, ¿por qué la supuesta grieta se instala en la sociedad cuando se mejoran los índices de igualdad y de calidad de vida de las mayorías y no cuando se produce la debacle social de la pobreza y la indigencia de los años noventa? ¿Con el neoliberalismo no habría grietas? ¿Sólo se abren cuando gobierna el peronismo? ¿El peronismo las abre o, en realidad, lo hacen las clases dominantes cuando la dirigencia política intenta llevar adelante un pacto de mínima homogeneización social y económica?
Las falacias sobre la grieta y la imposibilidad de crecer ocultan, en realidad, la defensa de intereses sectoriales en nombre de una supuesta paz de los sepulcros. ¿Es posible no agrietarse frente a los que condenaron a la Argentina a la debacle social y económica más brutal de los últimos ochenta años y los que quebraron el orden constitucional reduciéndoles el 13% a los salarios de los trabajadores? ¿Y con aquellas que operaron de forma sospechosa la muerte del fiscal Alberto Nisman?
Es cierto que hay que limar la lógica de amigo-enemigo predemocrática que se instaló en los últimos años en el espacio público y que, también, pueda ser deseable abrir instancias de moderación y de diálogo entre distintos sectores. Sin dudas, la vocación pactista del peronismo es garante de gobernabilidad –incluso lo ha sido durante el kichnerismo– pero el pacto y la negociación no tienen por qué convertirse en “acuerdos espurios”.
En ese sentido, la foto del almuerzo en el quincho del industrial Ignacio de Mendiguren, publicada por Clarín en la semana, semejaba más un contubernio que una mesa de diálogo. Operada periodística por Clarín y por el propio de Mendiguren vía Twitter, la foto de la reunión dejó engrampado a Gustavo Marangoni, el titular del Banco Provincia, como un integrante más de un supuesto acuerdismo bobo. Por esa razón, tuvo que salir a desmentir las opiniones del empresario industrial para no dejar a Daniel Scioli, quien sigue demostrando ser un actor político inteligente, en off side.
III. Siempre recuerdo la entrevista que en septiembre de 1973 le realizaron Jacobo Timerman, Sergio Villarroel y Roberto Maidana a Juan Domingo Perón. Allí, el viejo General, quien se reconoce como un industrialista, admite que, con el cambio del mundo y el ingreso de China al mercado internacional, la oportunidad de la Argentina está en exportar proteínas y habla de la producción de soja 40 años antes del boom sojero.
Perón demostró así su gran sentido pragmático. Pero sobre todo cuando Timerman le comenta: “Van a colocar su busto en la Sociedad Rural, General.” Y Perón le contesta magistralmente: “No, porque no va a ser negocio para la Sociedad Rural sino para la Argentina.” Es decir, hay una unidad que está por encima de lo sectorial y una estrategia que responde a los intereses de la unidad por encima de las partes.
La semana pasada, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner volvió a dar una lección de Peronismo Explícito en la cena por el Día de la Industria. Miró a los industriales y les volvió a pedir creatividad y explicó que, así como en la década pasada la estrategia de crecimiento consistió en la exportación de proteínas a través de la soja, y del valor agregado del complejo agro-industrial, hoy es necesario, ante la caída de la demanda internacional, sustituir esa demanda con el sostenimiento del mercado interno por vía del consumo.
Una vez más, la presidenta demostró que está a años luz de la dirigencia empresaria argentina. Y demostró, una vez más, su talla de estadista. La histórica aprobación por parte de la ONU de la propuesta argentina para frenar a los fondos buitre en las reestructuraciones de deudas, también. No hay mucho más que decir: Mauricio Macri decía que había que sentarse y hacer lo que el juez Thomas Griesa dijera. Para unas tanto y para otros tan poco. «

(*) Publicado en Tiempo Argentino el 13/09/2015

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