Editorial -

Reflexiones sobre estos días agitados

Por José Pablo Feinmann

Todos vimos películas, series y leímos novelas sobre estas cuestiones que entremezclan el crimen y el poder. Todos sabemos que, hoy, matar es una de las principales modalidades en que se hace la historia. Si la pregunta central de la filosofía es –o debe ser– hay o no hay que matar, tiene su respuesta en este siglo XXI: hay que matar. El contraterrorismo y el terrorismo fundamentalista le dan más valor a la conquista de los espacios de guerra que a las vidas humanas. El que muere, muere. Si es inocente o no, no importa. No hay inocentes. A los muertos inocentes se les dice daños colaterales. En la serie Homeland, Estados Unidos, por error, por descuido, por desinterés, ya que el error, en la guerra, ocasiona casi siempre muertos inocentes y la lucha, por sangrienta que sea, se hace en nombre de los inocentes de todo el mundo y no de algunos que mueren lateralmente y pertenecen además al grupo enemigo, bombardea una mezquita en que se celebra una boda. La agente (Clare Danes) mira una horrible filmación que le traen y dice: “Los libramos del infierno del matrimonio”. Algo después, mientras toma un café, se le acerca un capitán. Estuvo, le dice, al mando de uno de los bombarderos que destruyó un objetivo que le señalaron. “¿Es cierto que hubo un error? ¿Que era una mezquita? ¿Que había una boda?” La agente lo mira sin dejar de tomar su café, hosca, arisca: “Sí, ¿y qué, capitán?” “Hicieron de mí un asesino.” “Usted es un soldado. Hizo su trabajo. Y váyase de aquí.” El capitán, con desprecio, con furia: “Monstruos. Ustedes son monstruos”. La agente lo insulta. Se olvidó del café. Lo insulta y en cada insulto pone todo el odio que lleva en sí. El capitán se va. Ella lo odia porque ese miserable no comprende los costos del patriotismo. Ella (que lleva su amor por su patria hasta donde sea necesario) sí.

Esta mujer pertenece a los servicios secretos de lucha contra el terrorismo. Hoy, la figura del agente secreto está centralmente encarnada en el agente de la CIA. Hoy, el mundo entero está bajo vigilancia. Proliferan los agentes secretos, los servicios de inteligencia. El Big Brother Panóptico –que despliega sus redes desde el imperio– lo sabe todo. ¿Hay una verdad? Hay hechos, pero la verdad debiera ser más que una sumatoria de hechos. Para que existiera una verdad tendría que existir un Dios que la revelara a los hombres, como en los tiempos bíblicos. Ese Dios no está presente, algo que permite que todos se lo apropien. Bush, durante los ’90, decía: “Dios no es neutral”. Estaba con él. También el Islam fundamentalista cree en un Dios no neutral, propio, Alá. Y hay muchos otros dioses. Todos creen que lo que creen es la verdad. Sin embargo, esa verdad apenas si es expresión de sus intereses, de sus ambiciones. Aparece un fiscal muerto. ¿Quién lo mató? Sherlock Holmes solía decir: “Cuando se descarta lo imposible, lo que resta, por improbable que sea, es la verdad”. Hoy no es así. ¿Qué es lo imposible en un mundo tecnificado donde todo es posible? El conocimiento no tiene límites. La moral tampoco. Sus ajados preceptos se pueden violar infinitamente. Hay un fiscal muerto. ¿Qué pregunta hay que hacer? En política, tal como hoy se expresa la política en Argentina, y en el mundo en general, importa más la destrucción que el consenso. Se trata de erosionar al adversario-enemigo (concepto al que recurro para señalar que el “adversario” es también, y acaso más, el “enemigo”) para enlodarlo ante la mirada social. Más aún en una encrucijada eleccionaria. Para erosionarlo-enlodarlo es lícito acudir a todos los medios. Hay un cadáver. Podría no haberlo. Pero lo hay. ¿A quién beneficia que lo haya? Hemos encontrado nuestra pregunta. Que es: ¿a quién beneficia la muerte del fiscal Nisman? Este personaje se iba a presentar ante el Congreso nacional para entregar pruebas condenatorias contra el gobierno de CFK. De pronto, una sorda certeza recorre los ámbitos políticos y judiciales. El fiscal no habría podido reunir las pruebas suficientes para condenar al Gobierno.

Volvemos a la pregunta de la política-guerra de hoy: ¿a quién beneficia la muerte de Nisman? No beneficia al Gobierno, de ningún modo. Si un fiscal que en un par de días iba a “destruirlo” ante el Congreso es asesinado, ¿quién sino el Gobierno pudo haberlo hecho? ¿A quién le convenía más su muerte? Al que habría de ser gravemente perjudicado por las denuncias del fiscal, responde la “opo” en su inmediata reacción. Una marcha en que se le dice “asesina” a CFK y “traidor” a su canciller. (Los judíos que van a acusar a este Gobierno por el desastre de la AMIA deben recordar que, precisamente en la AMIA, hay un mural de bronce donde se lee que de los treinta mil desaparecidos por el gobierno desaparecedor, dos mil eran judíos. Y que fue este Gobierno el que juzgó severamente a esos criminales que habían sido indultados, con el precedente de la Obediencia Debida y el Punto Final.) Esa marcha expresa una de las respuestas a la pregunta: “¿A quién beneficia este crimen?”. Al Gobierno, dicen. Ellos lo mataron para impedir la presentación demoledora de Nisman en el Congreso. Pero si trasciende que Nisman no tenía suficientes pruebas y era improbable que convenciera al Congreso, su muerte ya no cae sobre el Gobierno. Pregunta importante: ¿a quién respondía Nisman? ¿Actuaba por su cuenta? No importa. Seguramente no. Pero es la oposición la que hace un uso electoral del crimen. Se trata –para ellos– de desgastar la figura de CFK. En este sentido, el crimen los beneficia. (¿A quién beneficia la masacre de Charlie Hebdo? No hay más que ver la marcha del indignado Occidente libre por las calles de París. Era la OTAN. Ahora, los bombardeos en Oriente, las masacres, los daños colaterales –muertes de niños, mujeres y ancianos– se intensificarán. Y todos dirán que “con razón”. Porque todos son Charlie.)

En cuanto a la “opo” argentina, tengo una buena noticia para darles. Cálmense. Cuando asumió Néstor Kirchner, el más brillante y temible editorialista de la ratio procesista, José Claudio Escribano, lo fue a ver y le dio un pliego de condiciones que Kirchner rechazó. Cuando asuma el próximo nuevo Gobierno otra vez irá Escribano o algún otro y entregará un pliego de condiciones similar o peor. Todas estas furias que se despliegan contra CFK son para debilitarla y que no pueda señalar a nadie con autoridad, otorgándole el triunfo. Seguirán así. Buscan (y es sólo una opinión más, otra interpretación que se suma, aunque, me permito decir, con el aval de muchos años de pensar la política desde la filosofía) que el margen de decisión y de rechazo del neoliberalismo que tendría cualquier candidato sea cada vez menor. Y cuanto más debiliten a Cristina, más débil será. De modo que lleven el pliego de condiciones, alégrense si se los aceptan (con una u otra negociación) y después, señores, observarán el nuevo pero conocido y viejo país: el ajuste, las devaluaciones, el ALCA. Y, seguramente, mientras se cumpla con lo exigido, no habrá un solo corrupto.

Publicado en Página 12 el Domingo 25 de enero de 2015.