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16 de septiembre de 1955: derrocaron a Perón, empezó la resistencia popular.

La revolución que encabezaron Juan Perón y Evita, basados en la búsqueda y concreción de la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación, generó políticas de redistribución del ingreso que le valieron el apoyo incondicional de los sectores populares tanto como el odio eterno de la oligarquía y la burguesía local e internacional.

Esos intereses y actores estaban expresados, fundamentalmente en el grupo Bember: el de la cervecería Quilmes; el grupo Gainza Paz: del Diario La Prensa -finalmente expropiado- ligados a la SIP, la Jerarquía de la Iglesia Católica que protestaba porque perdí su influencia en la juventud (a través de la Unión de Estudiantes Secundarios, los campeonatos Evita) y porque Perón que impulsaba la Ley de Divorcio, el reconocimiento legal de los hijos extramatrimoniales, la sustitución de los feriados religiosos por feriados sindicales y porque básicamente los acusaba de actividades conspirativas; los intereses británicos, el principal imperio por entonces, a los cuales con las nacionalizaciones de las empresas que eran de ellos había permitido lograr la independencia económica, “arrojando por tercera vez al invasor británico”, como dijo el General y los norteamericanos, el imperio que se venía.

Enfrentarse a los poderes corporativos, tanto en aquel entonces como ahora, tiene consecuencias.

El segundo gobierno de Juan Perón, ya enfrentado definitivamente con la Iglesia y dividido sus apoyos en las Fuerzas Armadas, venía sufriendo intentos de desestabilización y de golpe, atentados en actos partidarios como la explosión de una bomba en abril del 53 en un acto peronista en Plaza de Mayo y a varias unidades básicas. Sin embargo a él se lo acusaba de dictador y de que se vivía en una tiranía.

El 9 de junio de 1955, en un hecho único en la historia, cinco días después de que la procesión de Corpus Christi, se transformara en una marcha que agrupó a todo el antiperonismo (radicales, conservadores, socialistas, comunistas) al grito de “Viva Cristo Rey” y que terminó con la quema de una bandera argentina y su sustitución por una del Vaticano, lo que potenció el conflicto con la jerarquía de la Iglesia Católica, sectores de la Marina y de la Fuerza Aérea se rebelaron e invocando al “Cristo Vence”, bombardeaban la Plaza de Mayo en un intento de golpe de estado y de asesinar a Perón que dejó el saldo de más de 300 muertos y 600 heridos.

Ante el fracaso del intento de golpe la reacción de los trabajadores fue inmediata produciéndose la quema de las iglesias del centro. Perón intentó calmar los ánimos y hasta declaró “que la revolución peronista ha terminado, comenzando una nueva etapa de carácter constitucional”, lo que no sólo no encauzó el problema sino que envalentonó a la oposición que fue por más. Ante ello Perón el 31 de agosto comunica a la CGT y al Partido Peronista que deja el gobierno para garantizar la pacificación, lo que fue rechazado por el pueblo que organizó una gran marcha al estilo 17 de octubre, el 31 de agosto en donde el General le comunicó al pueblo que no se retiraba y que habiendo ofrecido la paz a los adversarios éstos no lo aceptaban por lo que “a la violencia le hemos de responder con una violencia mayor, cuando uno de los nuestros caiga caerán cinco de ellos.”

Hace 57 años, el 16 de septiembre de 1955 finalmente lo tan ansiado por la derecha reaccionaria se hacía realidad, se producía el golpe de Estado gorila que derroca al gobierno constitucional de Juan Perón asumiendo la presidencia de facto el General Eduardo Lonardi. Sólo duró dos meses ya que luego era desplazado por otro general, Pedro Eugenio Aramburu. Como era de esperar, los “demócratas” de entonces apoyaron la dictadura que nacía celebrando la caída peronista: así expresaba su solidaridad con el golpe la Sociedad Rural Argentina, la Cámara Argentina de Comercio, el Partido Demócrata, la UCR que llegó a escribir en un comunicado que “El alzamiento fue el último recurso a que se vio compelido el pueblo privado de toda posibilidad de resolver en paz y concordia los angustiosos problemas de su existencia nacional. El régimen que acaba de caer, que negó la libertad, la justicia y la moral, y negoció la soberanía queda señalado para siempre como el único responsable de esta tragedia”.

La Unión Democrática derrotada en las urnas democráticamente ahora volteaba al gobierno constitucional para alzarse con el gobierno de manera ilegitima, aunque, como siempre, tergiversando en su discurso la realidad, culpaba al peronismo por sus carencias democráticas.

El sentido del golpe fue destruir la obra del peronismo, los golpistas no tenían otro programa diferente al de desandar el camino iniciado por Perón. No los animaba otro proyecto más que el odio de clase y la revancha. Mas claro aún en las palabras del contraalmirante Arturo Rial quien le dijo a trabajadores municipales: “Sepan ustedes que la Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país el hijo del barrendero muera barrendero”.

Igualmente no nos confundamos, millones de argentinos apoyaron el golpe, especialmente los sectores medios-medios altos y obviamente los tradicionales detentadores del poder, que por aquel entonces no caceroleaban. De hecho el 23 de septiembre, mientras la CGT llamaba a los trabajadores a conservar la calma, una multitud colmó la Plaza de Mayo para aclamar a Lonardi y festejar la caída del “tirano prófugo”.

Para evitar malas interpretaciones es interesante recordar lo que Ernesto Sábato (manifiestamente antiperonista) le escribió en una carta abierta a Mario Amadeo en 1956 “Aquella noche de setiembre de 1955, mientras los doctores, los hacendados y los escritores festejábamos ruidosamente en la sala la caída del tirano, en un rincón de la antecocina ví cómo las dos indias que allí trabajaban tenían los ojos empapados de lágrimas”.

Perón tuvo la disyuntiva de impulsar una guerra civil para recuperar el poder y frente a ello, para evitar el derramamiento de sangre, partió hacia 18 años de exilio en Paraguay, Venezuela, Panamá y España. Los “demócratas” proscribieron a Perón y al peronismo, prohibieron hasta que se lo nombre y se cantara la marchita, fusilaron a los que intentaron levantarse para pedir el retorno del líder depuesto (los fusilamientos de José León Suárez) y cada vez que algún gobierno civil pseudo-democrático intentaba incorporar un poco al peronismo al juego político lo derrocaban. Se iniciaban los 18 años de un fenómeno poco estudiado y poco valorado aún en sus implicancias políticas: la resistencia peronista, un ejemplo de pueblo en guerra permanente contra su opresor interno pidiendo por la vuelta de Perón.

Hoy recordamos para que no vuelva a suceder, porque aquellos enemigos, siguen siendo los mismos, y aquel odio sigue vivo. Por eso aprendamos de la historia y como dice Cristina el amor vence al odio y si nos mantenemos unidos y organizados no permitiremos que ahora intenten lo que en aquel entonces intentaron con éxito.

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