Ellos Dicen

Microclimas de redacción

Se notan los nervios en la redacción de La Nación. No debe ser fácil concentrarse, escribir, desarrollar una notaentera, en un lugar en el que hace tan poquito, un compañero de trabajo fue despedido entre aplausos. Aplausos de sus compañeros y despido de La Nación, por publicar una nota elogiosa de la película Juan y Eva: esa es la historia del periodista de cine Claudio Minghetti. No llegaron, aún, los comunicados de SIP ni de ADEPA, tan atentos en otros casos, cuando un funcionario de Gobierno osa discutir con una empresa de comunicaciones. El despido de Minghetti revela eso más que nunca: que la información es para las empresas que la comercializan, justamente, una mercancía. Y que hay mercancía que no están dispuestos a vender, si tiene por objeto contradecir la línea editorial del medio donde se vende.

La nota de Pagni en La Nación enarbola los tres o cuatro tips que no fallan para atacar a La Cámpora y llenar una columna (a saber: que trabajan – horror – en el Estado; que no son – oh, mi Dios – Montoneros; etc, etc) y entonces no tiene nada de original. En todo caso lo que impacta es el momento, la falta descarada de autocrítica. Se podrá decir, con algo de certeza, que una empresa privada no tiene las mismas obligaciones que un gobierno o que el Estado. Es cierto. En todo caso, la anécdota del despido sirvo para poner blanco sobre negro, para que quede claro el interés final, la esencia de una empresa privada que comercializa información.

Impacta el momento, decimos, porque ese señalamiento de La Cámpora como un grupo de monjes negros que rodean a la Presidenta, que establecen un cerco ideológico, parece describir mucho mejor los microclimas que se construyen algunas redacciones de las empresas de comunicación. Microclimas que el propio Minghetti describió, cuando sostuvo que a partir del tratamiento de la ley de Medios “si no ocultabas tu ideología particular o tus opiniones te empezaban a mirar mal y yo quedé un poco marcado. La situación fue empeorando, pero no en la sección, sino en espacios de más arriba”. Es difícil, a veces, escapar de los microclimas. Pagni parece dirigir algunas críticas a La Cámpora, hacer algunos señalamientos. Es interesante, a veces, suponer para quién están escritas las notas de un diario. En estos días, de tanto revuelo en la redacción de La Nación, quizás nos encontremos con algunas notas más destinadas a remarcar la lealtad de algunos para con sus propias empresas. El chivo expiatorio podrá ser La Cámpora, el gobierno nacional, algún funcionario específico.

Señalar furiosamente con el dedo el dogmatismo de una agrupación, para mejor así demostrar la lealtad que uno siente con la empresa que lo contrata en momentos en que se despiden trabajadores por opinar distinto, habla mucho más del dueño del dedo acusador que del “acusado”. Nosotros estamos contentos si servimos para que alguno de nuestros compañeros periodistas conserven el trabajo y afirmen a su empresa que allí tienen un soldado. El custodio de este proyecto, mientras tanto, es mucho más extenso que La Cámpora. Quizás quede mejor, en la redacción, explicar que todo el éxito electoral de un Gobierno se debe a maniobras conspirativas. Pero hay que ver cómo las cosas suelen ser tan distintas afuera de una redacción. Eso entendían, en otra época, algunos viejos buenos periodistas. Por eso hacían periodismo en la calle y escribían, apenas, en las redacciones. Nunca pensaron que un día, el periodismo se haría en las redacciones y, aún peor, para las redacciones.

Ojalá la próxima reestructuración – así explicaron el despido desde La Nación: una reestructuración que significó el despido de un solo empleado – sea esa. La de abrir las puertas de la redacción y salir a ver qué está pasando en ese complejo lugar que es afuera. Como dice Pagni: para romper la cadena de una cultura reaccionaria y conservadora que tiene atrapada a la Argentina.