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Toda juventud pasada fue mejor

[1 octubre 2011]

Todo comenzó con la comparación con Montoneros. Es extraño: si hay una organización política de juventud en la Argentina que es utilizada para desacreditar algo, esa es Montoneros. Adherirle a algo el carácter de montonero tiene una significación que vino a poner en evidencia, por ejemplo, el “montonero re-nun-cie” de Capusotto. Alguna vez, sin embargo, Montoneros fue reivindicada: en la comparación con La Cámpora. Entonces los diarios que durante años pusieron en Montoneros parte enorme de la responsabilidad por la violencia de los años 70, los mismos diarios que colaboraron en instalar la idea de dos demonios, iguales de envergadura, simétricos en poderío y sólo entonces en responsabilidad por delitos, comenzaron a sospechar que, después de todo, al menos Montoneros no hacía lo que hacía… por el poder. Curiosísima interpretación de la historia, que supone que existió alguna vez una agrupación política que, como tal, no pretendiera el poder. “Montoneros al menos lo hacía por los ideales”, se dijo desde esas mismas páginas, provocando un doble golpe: pasteurizando una parte de la historia, reduciéndola, al mismo tiempo que se descalificaba el presente. Era un giro curioso pero significaba algo. Quizás hasta nos de un manto de esperanza. Tal vez en treinta años estos mismos diarios nos reconozcan algún esfuerzo, cuando les toque el turno de demonizar la militancia de los que serán jóvenes dentro de treinta años. Habrá que esperar.

Pero entonces la comparación con los setenta se volvió tediosa y, especialmente, contradictoria con un relato. Ver a comentaristas de La Nación elogiar el desinterés con el que los militantes de Montoneros emprendían su accionar político resultó algo chocante. Son dos países distintos, éste y el de los setenta, y hubo que aggiornarse. El salto se pegó extrañamente hasta fines de la década de los noventa. Llegó la comparación con el Grupo Sushi. De la mano de la Revista Noticias, el juego tenía una serie de ventajas: mucha de las características que una serie de medios quisieran endilgarle a La Cámpora, el Grupo Sushi las asumió como propias. Que son pocos, que carecen de militancia territorial, que hay una cuota cierta de frivolidad. Empardarnos era barnizarnos de Grupo Sushi. El convocado fue Darío Lopérfido, la cara visible de ese grupo, que fue consultado directamente por el parentesco entre ambos grupos, a lo que respondió: “La Cámpora es una organización política que acumula cargos y poder y nosotros, jóvenes especialistas en nuestras áreas, que sólo queríamos gestionar bien”. La diferencia ya no son los ideales, pero la explicación alternativa resulta un tanto débil: decir que lo que distingue al Grupo Sushi de La Cámpora es que los primeros “querían gestionar bien” tiene tantos flancos por donde entrarle que hay que elegir uno. Desechar, por ejemplo, decir que no se notó que querían hacerlo bien, para enfocarse en la idea de que, al menos en política, las variables de gestión no suelen ser “el Bien” y “el Mal”. Resulta simpática y hasta chistosa la idea, sino fuera que con esa idea de que con el Grupo Sushi y De la Rúa llegaba lo sano, lo transparente y lo bueno, compraron en el Congreso una ley de flexibilización laboral. Por poner un ejemplo, nomás.

No duró mucho, el Grupo Sushi está algo extinto y la referencia no resulta demasiado exitosa. Entonces llegaría, al fin, una comparación que se había hecho esperar: La Cámpora vs. La Coordinadora, fue el título elegido, tan sutiles ellos. Se complicaba ahora despegar a la organización radical de la disputa por el poder, ya que si el imaginario social rememora algo de La Coordinadora eran sus disputas por espacios de poder al interior del radicalismo. Para ello, la apelación es al origen de La Coordinadora, en un contexto adverso, de proscripción, que legitimara luego eso tan condenable cuando lo hace La Cámpora: la disputa por el poder político. La voz de la comparación es la nota de La Nación, pero encarnada en el periodista Oscar Muiño, quien hace unos pocos días ha presentado su libro sobre La Coordinadora, “La otra juventud”… acompañado de los miembros de La Coordinadora. No desmerece ni valida su opinión, apenas la contextualiza, y la nota de La Nación tal vez olvida hacerlo. Necesitados de un poco más de reconocimiento histórico, los entrevistados miembros de La Coordinadora buscan algunos puntos de contacto con La Cámpora: comparten que ambas agrupaciones sufren un proceso de demonización. Sería un buen diagnóstico, si sus propios correligionarios no contribuyeran a ese proceso de ensañamiento contra la juventud que quiere participar, pero también influir, en el devenir de los acontecimientos políticos.

Probaron con Montoneros, La Coordinadora, el Grupo Sushi. Olvidaron contextos, quisieron crear falsas disputas con historias con las que compartimos una raíz común, intentaron frivolizarnos al igualarnos a pequeños grupos pretendidamente “técnicos” que contribuyeron a profundizar el modelo que fracasó en la Argentina y en América Latina. Es gracioso: se guardan las críticas despiadadas que hicieron contra esas mismas agrupaciones, para enaltecerlas en comparación a La Cámpora.

Hay que tener cuidado. Un día van a resaltar la dedicación y el compromiso de los militantes de Sendero Luminoso, con tal de demostrar que la juventud militante en Argentina no puede existir. Diran que era un grupo terrorista, está bien, pero al menos no tenían Blackberry.