Editorial

Lágrimas de compromiso

Si a cualquier joven, que durante los años 90 se sentía marginado y expulsado de la política, se le pregunta si se imaginaba que unos años después estaría atravesados de tristeza por el fallecimiento de un ex presidente, la respuesta sin lugar a dudas sería negativa.

Si se le preguntara lo mismo a los miles de jóvenes que durante el 2001 dijeron basta de neoliberalismo y salieron a la calle aunque sea sólo para gritar su descontento a los cuatro vientos, la respuesta, sin lugar a dudas sería negativa.

La muerte de Néstor Kirchner produjo una escena impensada y sorprendente para muchos -aunque tal vez no tanto para los que veníamos viendo desde un tiempo no tan corto el crecimiento de la militancia en los barrios, las universidades y los secundarios- miles de jóvenes llorando la muerte de un político, para más datos, ex presidente de la Nación.

La inédita y abrumadora reacción de tristeza popular y el innegable protagonismo de tantos pibes y pibas en la despedida de Néstor, no pueden sorprender a nadie que no sea tan obtuso como para tapar el sol con la mano.

Esas caras jóvenes, transidas por el llanto, haciendo esa cola interminable se convirtieron, por su propia fuerza, en la imagen más representativa de esos días de duelo popular, hace un mes.

Para mucho, sobre todo para aquellos que entre el supuesto análisis periodístico y el más inocultable deseo, venían pronosticando desde hace ya muchos meses el fin de este proyecto, esa contundente muestra de vitalidad política los puso en estado de sorpresa. ¿De dónde habían salidos todos estos pibes? ¿qué cosa tan extraña había sucedido para que la juventud vuelva a creer en la política y, peor aún, en un político?

Tratemos de desarmar esa extrañeza, para concluir, finalmente, que el misterio no es tal.

Néstor fue el único presidente que terminó su gobierno con muchísima más popularidad que cuando lo empezó. Esa popularidad tiene que ver con que mientras todos los gobiernos anteriores terminaban su mandato con menos escuelas, menos hospitales, menos empleos, menos justicia, menos independencia y menos soberanía, Néstor terminó su gestión con una  Argentina más justa que la que recibió, en todos los aspectos.

Kirchner asumió, como ya es un recontra lugar común decir, con más desocupados que votos, y con los fuegos de diciembre de 2001 en sus espaldas, y tomo la desición trasendental de gobernar con la agenda de problemas que la democracia argentina no había podido resolver: la reconstrucción del Estado, la recuperación del mundo del trabajo, el fin de la impunidad y la reparación de un tejido social fuertemente dañado tras décadas de políticas neoliberales. El gobierno de Cristina, que continuó esa tarea, no ha hecho sino seguir esas líneas, profundizar esas medidas, y asumir una nueva agenda, acaso más osada.

Ante este panorama, lo extraño sería que los jóvenes no nos sintiéramos interpelados por un gobierno que ha tomado medidas que tan solo unos años atrás parecían impensadas. Si vos hablabas de la necesidad de una asignación universal para todos los pibes pobres, de una ley que permitiera el matrimonio entre personas del mismo sexo, o de una ley que finalmente democratice la comunicación en el país hace no mucho tiempo, quien  escuchaba te miraba con cara de “sí, todo muy lindo, pero eso acá es  imposible. No te van a dejar. Hay intereses creados muy fuertes detrás de  cada una de esas cosas”. Y sin embargo ahora son parte de nuestra realidad. Y  eso, a los jóvenes nos reconcilia con la política porque nos propone la idea de  que gobernar no es administrar lo posible sino transformar las cosas en beneficio de las mayorías.

Es más, sería muy preocupante que no nos hubiésemos sentido tocados por la decisión política de volver a mirar como hermanos a los países de Latinoamérica y decirle no a Bush, al ALCA y a las relaciones carnales, deberíamos preocuparnos mucho si no nos movilizara una política soberana respecto al FMI, la generación de muchísimos puestos de trabajo, la apertura de paritarias, los aumentos a los jubilados y la revalorización de la salud y la educación.

Lo que pasa es que los jóvenes vimos gracias a su gestión que los ideales y las convicciones que nos llevaron a criticar a los gobiernos neoliberales, ahora  son los que inspiran todas las decisiones de un Estado con un sentido social igualador.

Y si a los jóvenes nos criticaban porque no nos interesaba la política, ahora de pronto nos critican porque nos volvió a interesar. Lo que pasa es que a los grupos de poder que todavía conservan ciertos privilegios no les gusta para nada que los jóvenes hayamos adquirido la confianza de ser protagonistas de una nueva época.

Néstor se fue pero dejó un semillero de ideas profundas, de convicciones sólidas. Aquí, en la Argentina terrenal, quedó un pueblo despierto conducido por la mejor presidenta.

Entonces, Cristina va contra los monopolios mediáticos y ahí estamos los jóvenes para abrir las puertas a las nuevas voces. Cristina recupera los aportes jubilatorios para todos los argentinos y ahí estamos los jóvenes para distribuir la riqueza para todos los argentinos. Cristina va y los jóvenes la bancamos a pleno porque sabemos que ella banca a pleno a los jóvenes y al pueblo trabajador.

El proyecto de país nacional y popular no tiene techo. Cuando  transformamos una injusticia en justicia social, empiezan a aparecer otras. Y  una juventud organizada, abierta, original y alegre es la garantía de la  continuidad y la profundización de las conquistas populares futuras.

Y justamente, esa certeza de saber que el futuro va a ser mejor que el presente, es lo que mágicamente transformó las millones de lágrimas en compromiso.

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