Opinión

De aquella “ficción” a esta realidad: la impronta de Cristina

(*) Por Ricardo Forster

Mil días apasionantes, arduos, complejos y decisivos en el rumbo zigzagueante y a veces espasmódico de la democracia. Mil días en los que, de un modo excepcional, los argentinos hemos vuelto a debatir.

1. En el mismo momento en que me siento a escribir este artículo, donde intentaré dar cuenta de los primeros 1000 días del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, días de una exuberancia excepcional en acontecimientos caudalosos y decisivos, regresa sobre mi memoria otro que escribí, bajo circunstancias muy distintas, en noviembre de 2007 y que, por extrañas y algo azarosas peripecias, llegó a manos, antes siquiera de ser publicado y estando yo pasando un semestre en la Universidad de Pittsburgh, de quien luego sería elegida por amplia mayoría presidenta de los argentinos.

Cuento una anécdota personal, que no tendría por qué importarle al lector, no por lo que pude haber escrito o dejado de escribir allí, sino por la respuesta que, a través de un intermediario de alto rango gubernamental, me hizo llegar algunas semanas antes de asumir la primera magistratura la propia Cristina Fernández, a quien yo no conocía. Había, sí, tenido la oportunidad de escucharla en el cierre del Congreso de Filosofía de San Juan, en agosto de ese año, y cuando compartió tribuna con la filósofa brasileña, gran erudita en Spinoza y fundadora del PT de Lula, Marilena Chauí. Su intervención, que cerró aquel congreso, fue memorable y anticipó lo que luego serían sus otras notables intervenciones públicas ya como presidenta. Ni imaginaba yo que ese pequeño artículo hubiera podido llegar a sus manos y motivarle a darme una devolución a mis inquietudes. En esa respuesta, para mí sorprendente y que sólo a partir de lo que vendría en los meses y años venideros alcanzaría a mensurar en su exacta dimensión, Cristina Fernández, ante mi afirmación de que tal vez estuviéramos asistiendo a un giro moderado y a un cierto repliegue de la capacidad renovadora que había caracterizado al gobierno de Néstor Kirchner (en ese artículo incluso hablaba del “fin de la larga primavera camporista” y planteaba que Cristina seguramente se iba a parecer más a Michelle Bachelet que a su marido a la hora de gobernar), utilizó algunas palabras que me inquietaron, sin saber muy bien lo que podrían implicar en términos inmediatos.

La respuesta que me hizo llegar, sin conocerme y sin que mi nombre le dijera mucho, y simplemente por haber leído un artículo todavía no publicado, una mañana de finales de noviembre, muy pocos días antes de asumir, me dejó, insisto, perplejo: “Dice Cristina que te diga que ella va por más.” Así de simple y contundente. Una frase que escuchada de boca de aquel alto funcionario no me terminaba de decir mucho, pero que inició su recorrido hacia la comprensión de su sentido a partir del conflicto desatado por el rechazo del bloque agrario a la Resolución 125. En esos días calientes, empecé a entender lo que se guardaba en aquella frase algo enigmática y que, con el correr de estos 1000 días, iría adquiriendo toda su potencia significativa. Sepa el lector disculpar esta digresión personal, importante para mí pero, creo, más decisiva a la hora de interrogarme por lo que efectivamente abrió el gobierno de Cristina Fernández. En esa respuesta, en su tono y en su deseo de ofrecerle a alguien a quien no conocía pero que había escrito algunas afirmaciones temerarias, se encierra lo cautivante y lo anómalo de una figura que ha venido a conmover las lógicas establecidas y los códigos del propio poder. Entre el conflicto con la Mesa de Enlace y el histórico discurso del martes 24 sobre Papel Prensa se encierra la extraordinaria travesía de un excepcional período de la Historia argentina, período que todavía promete ofrecernos acontecimientos y circunstancias no menos sorprendentes, inquietantes y decisivos.

2. Ese artículo, escrito bajo otras condiciones y atravesado por otras inquietudes, comenzaba del siguiente modo y arriesgando algunas cosas que no dejan de tener una intensa actualidad, como si sin saberlo o intuyéndolo oscuramente, hubiera podido anticipar lo que definiría el tiempo político de Cristina Fernández, su inusitada capacidad para conmover la escena nacional, poniéndonos delante de cuestiones fundamentales a la hora de imaginar qué país, de qué modo y con quiénes.

“¿Cuánta ficción resiste un país? O, para preguntarlo de otro modo, ¿cuánta capacidad de negación y olvido puede habitar la trama profunda de una sociedad hasta fundirse con su representación ‘legítima’ de la realidad? Pregunto, me pregunto, en este día eleccionario sabiendo que estas páginas terminarán de escribirse cuando caiga el telón de una jornada en la que seguramente será proclamada la continuidad del gobierno kirchnerista aunque bajo otro mandato y, tal vez, en el interior de una inflexión de políticas que todavía no alcanzamos a prever. Digo, e insisto con la pregunta, porque no deja de ser inquietante la manera en que gran parte de la sociedad argentina, en especial ciertos sectores de las clases medias progresistas, leyeron el acontecer político absolutamente atrapadas por la lógica del discurso desplegado por los medios de comunicación. Una lógica que ha logrado naturalizar su ideología, que ha podido capturar el alma profunda y oscura de muchos bienpensantes que, después de un inicial deslumbramiento con la extraña aparición de la desgarbada figura de Kirchner, se volcaron sin medias tintas hacia un repudio generalizado contra esa misma persona a la que, en el comienzo azaroso de 2003, descubrieron sorprendidas.

Todo se volvió desmesurado y nada de lo logrado en estos años arduos y difíciles que, entre otras cosas, vinieron en parte a curar un cuerpo casi moribundo, fue reivindicado por la nueva mirada juzgadora de unas clases medias capaces de recuperar, sin escalas intermedias y con una velocidad sorprendente, antiguos reflejos provenientes de otros tiempos argentinos. Kirchner pasó a ser un autoritario, su forma de reintroducir la política en un país desahuciado institucionalmente, quebradas todas sus legitimidades, fue calificada como prepotente y confrontativa (convirtiendo a esa palabra en un gesto de tachadura que termina por alcanzar, estoy convencido de eso, toda genuina práctica anclada en la idea de la política como conflictividad). La política de derechos humanos, quizás la base más sólida y entrañable de este gobierno, la que más dejó perplejos a tirios y troyanos, fue calificada de oportunista, de egocéntrica, de mero gesto teatral para seguir inclinando la balanza hacia el gatopardismo. Incluso una connotada intelectual vernácula (me estaba refiriendo, en ese momento, a Beatriz Sarlo que agudizaría su colaboración con el espíritu restauracionista desde las páginas de La Nación y convertida ya, en estos días, en una de sus columnistas estrella) juzgó de mediocre dramatización la aparición pública de Kirchner en el predio siniestro de la ESMA, acusándolo de querer aprovechar su investidura presidencial para dar rienda suelta a sus deseos personales, aquellos que sólo tenían que ver con su biografía y que debían ser prolijamente separados de su condición de presidente de los argentinos. Extraña parábola discursiva en la que se vio de qué modo iría despuntando uno de los ejes principales de la recusación contra el gobierno, recusación nacida en las usinas de las derechas mediáticas (en especial la que representa el diario La Nación aunque muchas veces ha sido secundado por Clarín) pero también sostenida a rajatablas por la intelectualidad progresista. Se trataba de denunciar la pobreza “republicana” y el ideal hegemonista de un gobierno que parecía, de acuerdo a esta visión compartida por derechas e izquierdas, dirigirse raudamente hacia un poder construido discrecional y autoritariamente quebrándole el espinazo a la institucionalidad democrática.

La incompatibilidad estaba trazada y la ficción desplegó alas aprovechando los vientos que soplaban desde esos mismos medios de comunicación que se arrogaban la condición de garantes últimos de la libertad y, fundamentalmente, se erguían en representantes de la verdadera “opinión pública”. ¿Qué decía, qué nos decía esa ficción?

Que la política de derechos humanos era apenas una pantalla (crítica por izquierda) o que venía a reabrir heridas que había que cerrar definitivamente para lograr la reconciliación nacional (críticas de la derecha que encontró en el cardenal Bergoglio su principal exponente o en Lilita Carrió cuando llamó a dejar de “humillar a las Fuerzas armadas”); o ninguneaba la transformación histórica de la Corte Suprema con la incorporación de figuras inimaginables en anteriores contextos políticos argentinos (no deja de ser llamativo el silencio de esos mismos que reclaman “calidad institucional”, que se han vuelto republicanos de última hora, que entran en orgasmo cuando describen sociedades en las que impera la ley y las formas se cumplen maravillosamente mientras que entre nosotros, y principalmente desde el gobierno, lo único que se perpetúa, de acuerdo a su mirada virginal, es el desorden, la corrupción y la sed de hegemonía).”

Y hacia el final del artículo, que recuerdo al amigo lector fue escrito durante la jornada electoral de 2007, me lanzaba con cierta temeridad a desplegar algunas anticipaciones que serían magníficamente refutadas por la realidad venidera y, claro, por la decisión de la propia Cristina Fernández. Cito lo escrito en ese umbral de época que vendría a reforzar lo inaugurado en mayo de 2003: “nos preparábamos para despedirnos de la larga primavera camporista que, en muchos aspectos, caracterizó el tiempo de Kirchner; es probable que lo que vendrá se asemejará más a un gobierno a lo Bachelet, con mayores dosis de prolijidad institucional y mejores vínculos con el insaciable mundo empresarial. Hay, y eso se percibe más allá del resultado electoral, una atmósfera por la que circulan mejor los aires de la derecha, esos mecanismos de producción de sentido tan astutamente desplegados por los medios de comunicación que, insisto con esta idea, constituyen hoy el espacio más decisivo y poderoso de la derecha. No hay en el discurso de Cristina una vocación genuinamente distribucionista ni una retórica que la pueda asociar al espectro del populismo. Ella sabe, de todos modos, que su triunfo provino de los sectores populares y de las clases medias empobrecidas, que han visto una luz de esperanza sobre la que seguirán insistiendo, acrecentando su presencia política a través de las protestas sociales en medio de una Argentina que ya no se encuentra en caída libre ni en medio de una catástrofe que paralizaba las acciones. Los tiempos que se abren serán, entonces, complejos e interesantes, cargados de contradicciones entre proyectos de sociedad muy distintos que seguirán dirimiendo su hegemonía. Cristina tendrá que optar, los años del ‘infierno’, como los llamaba su esposo, ya han terminado y, ahora, se abren los de un país que, de distintos modos, no ha hecho más que boicotear sus oportunidades. Allí están las posibilidades: o dejarse fascinar por el glamour del poder hegemónico desviando la tímida incursión desarrollada por Kirchner hacia cierta condición anómala para regresar al redil del mercado o, por el contrario, profundizando en algunas líneas que le devolvieron cierta expectativa a los sectores más sumergidos de la población, apuntalar una política que recuerde que entre la reivindicación del conflicto como disparador de movilidad social y política y la distribución se juega la posibilidad de un intento de construir una sociedad más justa.”

3. Decir que el gobierno de Cristina Fernández refutó mi vaticinio, que le asestó un duro golpe a cierto escepticismo del que era portador en aquellos días de finales de 2007, es una parte de lo que siento ahora mientras voy repasando el vértigo de estos 1000 días en los que tantas cosas sucedieron y en que tantos velos fueron cayendo. Mi duda respecto del camino que se seguiría quedó rápidamente descolocada cuando se desató el conflicto por la renta agraria. En ese momento se hizo evidente que todos los vaticinios conducentes a condicionar lo que algunos denominan “la agenda pública”, la entrada a una Argentina “más predecible y con mayor énfasis en la calidad institucional” (eufemismo para esconder la intención de imponerle condiciones muy precisas a Cristina de parte de los poderes corporativos), fracasaban estrepitosamente. Lejos de acomodarse a las exigencias de la corporación agromediática, el gobierno salió a dar una batalla de la que, si bien no salió victorioso (allí estuvo el voto no positivo del pequeño señor Cobos para sellar la suerte de la 125 y para aglutinar a la derecha restauracionista que creyó llegado el tiempo del ocaso definitivo del kirchnerismo y el momento de su “retorno triunfal” al poder), amplificó, como hacía años que no sucedía entre nosotros, la potencialidad del debate político y la reconstrucción de una escena pública previamente devastada por la hegemonía neoliberal. De un modo inédito, un gobierno democrático, por primera vez en décadas, no se resignaba a aceptar los condicionamientos y los chantajes del poder de las corporaciones, sino que salía redoblando la apuesta y multiplicando la trama conflictiva de una realidad en estado de conmoción.

Después del lagrimeante voto no positivo, en esos días de incertidumbre y acechanza destituyente y restauradora, la respuesta fue la reestatización del sistema jubilatorio, la recuperación de Aerolíneas Argentinas y la movilidad jubilatoria. El 2008 fue un año de una intensidad política impensada; en el interior de sus vicisitudes surgieron nuevas voces y se intensificó la recuperación de lo político que ya había instalado, pero sin tanta densidad ni conflicto, Néstor Kirchner. La esfera pública se convirtió en una caja de resonancias de posiciones encontradas y regresó el debate de ideas a un país que había sido desolado y vaciado de sus mejores tradiciones durante la década del noventa. Ese “retorno” de la política se hizo de la mano de una clara opción por avanzar en un sentido progresivo sin eludir los enfrentamientos con el establishment. De allí en más, en cada encrucijada, en cada momento de dificultad (la mayor fue la derrota de junio de 2009), el gobierno habilitó cuestiones que parecían inimaginables para los argentinos: el extraordinario debate que culminó en la aprobación de la Ley de Servicios Audiovisuales; la decisión presidencial de implementar la Asignación Universal; el nombramiento de Mercedes Marcó del Pont al frente del Banco Central; la apuesta por el sostenimiento del salario, de la producción y del mercado interno en medio de la tremenda crisis económica mundial; la continuidad de los juicios contra los genocidas de la dictadura, a los que se agregó el juicio contra Martínez de Hoz, dándole un giro hacia los responsables civiles; el apoyo decisivo para que se votase la ley de matrimonio civil igualitario soportando la embestida de la jerarquía eclesiástica encabezada por Bergoglio; y ahora, asumiendo lo que tal vez sea una de las decisiones más trascendentes de la historia de la democracia argentina, poner al descubierto la oscura trama que se esconde en el origen del negociado de Papel Prensa. Una decisión que implica ir a fondo en el cuestionamiento del poder de la derecha mediática, lo que supone, a su vez, avanzar sobre el hueso más duro de roer, que no es otro que el de los lenguajes portadores de sentido común y galvanizadores de aquello que se llama “la opinión pública”. Se trata, sin dudas, de un gesto audaz, de extraordinarias consecuencias, allí donde se cuestiona lo más difícil de cuestionar, que es el poder de la palabra y de la imagen multiplicados desde las mil rotativas, radios y canales del poder mediático.

Mil días apasionantes, arduos, complejos y decisivos en el rumbo zigzagueante y a veces espasmódico de la democracia. Mil días en los que, de un modo excepcional, los argentinos hemos vuelto a debatir como no lo hacíamos desde hace décadas. Días de oportunidad y de peligro; días en los que regresaron sobre nosotros palabras olvidadas del vocabulario político, palabras que habilitan, como antaño, el litigio por la igualdad. Días en los que también pudimos repasar 200 años de Historia, celebrando de un modo inusual y pleno el Bicentenario durante jornadas coloreadas por el retorno del “pueblo”, que hizo suyas no sólo las calles y las plazas, sino que también se apropió de la arriesgada puesta en escena de un relato de nuestra historia, representado maravillosamente por Fuerza Bruta. Días, finalmente, en que se mantuvo a rajatablas la decisión que venía del gobierno de Kirchner de no reprimir ninguna protesta, ni siquiera la de los ruralistas que cortaron durante meses las principales rutas del país. Lo demás, la ampliación de la justicia y de la equidad, la profundización de la distribución, el cuidado de nuestras vidas, y de la sustentabilidad de la tierra y del agua, están allí como horizonte, ahora sí, de posibilidad real para un país que había perdido la esperanza. Alguna responsabilidad tiene en todo esto lo transcurrido durante los primeros 1000 días del gobierno de Cristina Fernández.

(*) Filósofo.

(1) Este artículo pertenece a la edición especial de la revista Veintitrés que el miércoles 8 estará en los kioscos.

(2) En http://tiempo.elargentino.com/notas/de-aquella-ficcion-esta-realidad-impronta-de-cristina del 6 de septiembre de 2010.

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