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Murió Alfonsín

Es difícil no tener una mirada crítica sobre el gobierno de Raúl Alfonsín, pero no tenemos la soberbia de analizar las cosas con el diario del lunes. No tenemos la mirada mediática que apenas muerto el caudillo radical los hace querer llevar agua para su molinopolio, ni la actitud  de muchos dirigentes muy distinta a la de los militantes. Militantes que realmente sienten la pérdida de un líder político y no una oportunidad para hacerse ver.

Elegimos un par de anécdotas y un artículo publicado en el diario Crítica por Eduardo Blaustein para aquellos que pululan frente a las cámaras hablando de crispaciones, diálogos y consensos, tratando de trazar un contrapunto con el proyecto político que conduce al país. Es verdad que son muchas las diferencias pero no justamente la que ellos quieren mostrar.

Basta recordar que Alfonsín, como gran parte de los dirigentes políticos, fue agredido en la entrada de su departamento en la crisis del 2001 por aquellos que creen que el problema es la política. Quienes militamos en política sentimos respeto por Alfonsín, y sabemos que si el proyecto político actual hubiera fracasado, muchos de los que hoy hablan, hablan y hablan seguirían sin poder caminar las calles.

El homenaje en vida que le brindara Cristina Kirchner en nombre del estado y su pueblo a fines del año pasado son una muestra de la pluralidad, convicciones y proyecto de país que queremos tener y construir. Ojala en el futuro muchos antiperonistas tengan la cabeza un poco más abierta. Vaya también para la juventud radical un reconocimiento por haber hecho su propio homenaje a Alfonsín  en el luna park despojados de las veleidades que atraviesan a sus dirigentes actuales.

EL MEJOR ALFONSO, por Eduardo Blaustein.

Descendiente de un gallego republicano, orador brillante de entonaciones bonitamente anacrónicas por sus reminiscencias gauchescas, fue un caudillo político que supo recoger parte de lo mejor de las tradiciones políticas argentinas y unas cuantas no tan buenas. Intentó implementar un proyecto con rasgos socialdemócratas y krausistas en un país que salía del espanto y el Medioevo. Se atrevió a llevar adelante el juicio a las Juntas Militares en condiciones durísimas, enfrentando no sólo a las Fuerzas Armadas sino a la Iglesia, a las corporaciones mediáticas y a todos los que habían apoyado la dictadura más cruel que padeció la Argentina. Terminó cediendo al poder de fuego de las derechas imponiendo las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Renovó y oxigenó la cultura política y terminó impulsando el Pacto de Olivos, una suerte de reparto de poderes entre –en palabras de Ricardo Balbín– “viejos adversarios”.

Que quede claro: no apuesto a la idea de algún opaco empate histórico. Mucho menos a la de un Alfonsín anulado por sus contradicciones. No, me quedo con el mejor Alfonsín posible. Por el mejor Alfonsín posible nos movilizamos unos cuantos sin ser ni de lejos radicales, acaso “todo lo contrario”. Lo hicimos yendo a curiosear en las manifestaciones radicales del 83, participando de la asunción de gobierno, festejando los Cien Días de la Democracia. Fuimos a apoyarlo en las difíciles cuando el Felices Pascuas y cuando la economía de guerra.

¿Nos dejó pagando? Sí. Aun así, me quedo con el mejor Alfonsín posible.

Jódanse foristas sacados de este diario. Me quedo –en tiempos de arrasar al otro hasta eliminarlo– con un Alfonsín con el que tuve broncas pero también afecto y respeto. Me quedo con el potente puñado de paralelismos entre el gobierno de Alfonso y el de los Kirchner. Porque algunas de las buenas intenciones de Alfonsín cuentan, aunque fracasara. Porque los mejores gobiernos democráticos que tuvimos fueron los de Alfonsín y el de Néstor Carlos, con todas sus burradas. Porque ambos intentaron restablecer una mínima idea de un Estado ordenador y reparador de injusticias históricas y sociales. Porque ambos, con sus enormes y diversas macanas, se ganaron la contraofensiva de comunes enemigos despiadados: el statu quo representado por la corporación mediática, la Iglesia, las derechas caníbales, la Sociedad Rural, los poderosos, los miserables, los pelotudos que hoy se travisten de civilizados hasta que se les escapa o bien la metáfora de “la patota cultural” o bien el reclamo de pena de muerte. Porque alguna racionalidad le queda a la historia: no pueden ser sólo malentendidos o subjetividades de época los que ayuden a unificar la ofensiva de esos sectores.

Cuando en el viejo Congreso de los 80 el Chacho Jaroslavsky era el gran disciplinador de la tropa radical nadie hablaba de “la escribanía”. Cuando los legisladores radicales votaban “con náuseas”, según dijo alguna vez Freddy Storani, no existía un Cobos a la vez opositor y gobierno. Nadie hablaba de hegemonías, de locuras, de Hitler y Ceacescu, cuando Alfonsín confrontaba, y eso sucedía seguido. La derecha no había aprendido a decir “República” cuando a Alfonsín se le reprochaba “no contribuir a la pacificación nacional. Y cuando un peronismo realista, “enterrando el pasado en sus propias desintegraciones y derrotas ideológicas”, según escribió Nicolás Casullo, diagnosticaba que el problema de Alfonsín fue “pelearse con todos al mismo tiempo”, ése, precisamente ése, fue el comienzo de la destrucción de las utopías democráticas, el mejor triunfo de los cínicos.

ANECDOTAS

“Muera Alfonsín, entregador”, “Abajo la sinagoga radical”, “¡MM, MM, MM” o sea “Muchos Más”, en alusión macabra a los NN. Con estas lindezas gritadas por militares, familiares de militares y hasta por curas de misa debió enfrentarse Raúl Alfonsín en su gobierno. El hombre, sin embargo, era conocido por lo temperamental y hasta por lo cabrón. De hecho, fue precisamente subiendo hasta el púlpito de una iglesia, cuando salió a responderle con el dedo alzado al vicario general de las Fuerzas Armadas, Miguel Medina, un jueves 2 de abril de 1987, a 96 horas de la llegada del Papa y en plena misa por los caídos en la Guerra de Malvinas.

Alfonsín con Ronald Reagan

Alfonsín con Ronald Reagan

Otra intervención recordada del caudillo radical se produjo nada menos que en los jardines de la Casa Blanca y ante las narices del presidente Ronald Reagan. Ocurrió en agosto de 1985. Reagan insistía por entonces en su Guerra de las Galaxias y sus modos inamistosos de solucionar los conflictos de Centroamérica. Cuando el norteamericano terminó de hablar, Alfonsín, pasando por alto las sagradas reglas del protocolo, cazó el micrófono y se puso a exponer sus divergencias. Alguna vez fue también celebérrimo el intercambio de chicanas entre Alfonsín y el líder sindical Saúl Ubaldini, que se le plantó con 14 paros generales. “Mantequita y llorón”, le dijo el entonces presidente. Pero el secretario general de la CGT no se achicó: “Mentir es un pecado –dijo–, pero llorar es un sentimiento”.

Alfonsin abucheado en la Rural en el año 1988.

Alfonsin abucheado en la Rural en el año 1988.

Tiene resonancias más vigentes otra anécdota en un escenario muy distinto. Año 1988. Alfonsín va de visita a la muestra de rutina de la Sociedad Rural, un sector con el que nunca se llevó bien. La pelea, como hoy, era por la rentabilidad. La rechifla de “la gente del campo” fue sonora y durante días ocupó páginas y páginas en los diarios. De nuevo, firme en las tribunas del así llamado predio de la Rural, Alfonsín no se bajó del caballo: “Algunos comportamientos no se consustancian con la democracia. Es una actitud fascista no escuchar al orador”.

Portada

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