Biografías

Evita

Nació un 7 de mayo de 1919, posiblemente en un campo llamado “La Unión”, cerquita de Los Toldos, o quizás en Junín, Provincia de Buenos Aires. Su padre, Juan Duarte, fue un terrateniente conservador implicado en las maniobras fraudulentas por las que se estafaron tierras a las comunidades mapuches de la zona. Su mamá se llamaba Juana Ibarguren y era hija de la puestera del campo de Juan Duarte. Juan tenía dos familias, una “legítima” y otra “ilegítima”. Eva fue la quinta de cinco hermanos de la familia ilegítima de Juan Duarte, quien no reconoció a ninguno de ellos. Su condición de “hija adulterina” -tal la clasificación difamatoria que se les diera a los hijos no reconocidos en esos años- marcó a fuego la personalidad de Evita.

Muerto Juan Duarte, la familia queda absolutamente desprotegida y debe mudarse primero a los Toldos, posteriormente a Junín, donde Evita asistió a la escuela, actuó en su primera obra de teatro y enfrentó su temprana adolescencia en condiciones económicas muy pobres.

Un tres de enero de 1935 esa piba de tan solo unos 15 años se baja de un tren en la ciudad de Buenos Aires, sin un mango y sin la más mínima idea del rol que tendría en la historia de nuestro país. Como miles de argentinos que en esa época migraban desde el interior a la capital, ella fue en busca de nuevas oportunidades. Para los porteños más acomodados, estos eran inmigrantes distintos a los usuales inmigrantes europeos. Eran inmigrantes de adentro, los famosos “cabecitas negras” que luego pasarían a formar un rol predominante en la fase industrializadota de nuestro país y en el movimiento social que daría sustento al peronismo.

Evita pasó sus primeros años laburando en compañías teatrales y apenas sobreviviendo en condiciones económicas muy austeras. Poco a poco fue haciéndose conocida en el ambiente y consiguió algunos roles como segunda actriz o como modelo en la tapa de varias revistas de espectáculos. De esta época se la recuerda, según testimonios, como una chica débil, tímida, muy flaca, alegre y buena compañera. Pero su suerte vino de la mano de la radio, donde comenzó a realizar algunos radioteatros, en especial uno llamado “Grandes Mujeres de la Historia”, que tuvo mucha repercusión. Hacia 1942 Eva pudo abandonar finalmente las pensiones, luego de muchos años de trabajo, y se mudo por primera vez a un departamento en la calle Posadas, que años mas tarde compartiría por un tiempo con Juan Domingo Perón. Un año más tarde comienza su actividad política cuando funda el primer sindicato de trabajadores de la radio, que luego presidió.

Conoce a Perón en 1944, cuando fue condecorada en un acto organizado por la Secretaría de Trabajo y por ser una de las actrices que más fondos había recaudado para las victimas del terremoto ocurrido en la Provincia de San Juan. Hasta acá Eva probablemente pensaba que ella había vivido una vida de mucho trabajo y sacrificio. Estaba equivocada.

Cuando Perón entra en su vida esta se revoluciona completamente. Evita juega un papel preponderante en los sucesos del 17 de octubre de 1945, haciendo de nexo entre el conductor y los trabajadores que irían a buscarlo a la plaza. También milita exhaustivamente en la campaña presidencial que lleva a Perón a la presidencia.

Sólo tres días después Eva pronuncia su primer discurso político, que ya marcaría, aunque levemente, su tendencia transgresora y revolucionaria. En plena Argentina Infame, con tan solo 27 años, Evita grita a los cuatro vientos ante un país expectante: «La mujer argentina ha superado el período de las tutorías civiles. La mujer debe afirmar su acción, la mujer debe votar. La mujer, resorte moral de su hogar, debe ocupar el sitio en el complejo engranaje social del pueblo. Lo pide una necesidad nueva de organizarse en grupos más extendidos y remozados. Lo exige, en suma, la transformación del concepto de mujer, que ha ido aumentando sacrificadamente el número de sus deberes sin pedir el mínimo de sus derechos.»

Inmediatamente un fenómeno inédito comienza a rondar su figura, un fenómeno que se intensificaría día a día. Nace hacia ella un amor incondicional por parte de los más postergados de nuestro país, mientras que de los más acomodados brota un odio irracional y desmesurado. Evita no tiene problema en tomar partido, elige sin hesitar por los suyos. Ni siquiera las “señoras gordas” de Recoleta, aquellas de las que hablaba Jauretche y que tendrían derecho a votar gracias a ella, la querrían ni un poquito. Por el contrario, siempre sería vista como la princesa plebeya que había usurpado un lugar que históricamente correspondió a las de su clase.

El accionar político y social de Evita, su protagonismo, decisión y acción a partir de ese momento, es imposible de comprimir en esta breve reseña. Sólo a modo de ejemplo: fue la ejecutora de gran parte de la labor social del peronismo a través de la Fundación Eva Perón, construcción de hospitales, escuelas, colonias, clubes, residencias estudiantiles, etc; llevó la relación política con los sindicatos; creó el Partido Peronista Femenino, por medio del cual fueron elegidas por primera vez 23 diputadas nacionales, 6 senadoras nacionales y un total de 109 mujeres en cargos electivos provinciales; escribió de puño y letra la ley de igualdad jurídica entre los cónyuges en materia de derechos civiles y patria potestad; redactó el Decálogo de Derechos de la Ancianidad, que fueran luego incorporados a la Constitución del 49; etc. Todo ello en un breve período de 6 años.

Posteriormente, hacia 1951 la CGT impulsaría su candidatura a la Vicepresidencia, actuando bajo la convicción de que su presencia en ese cargo fortalecería la presencia de los trabajadores en el poder. En agosto se realiza el Cabildo Abierto del Justicialismo, acto en el cual se lanzaría la candidatura Justicialista. En ese acto, uno de los momentos más emotivos de su vida pública, este diálogo se registra entre ella y los trabajadores:

Evita: (hablando a la multitud y a Perón) Hoy, mi general, en este Cabildo Abierto del Justicialismo, el pueblo preguntó que quería saber de que se trata. Aquí ya sabe de qué se trata y quiere que el general Perón siga dirigiendo los destinos de la Patria.
Pueblo: ¡Con Evita! ¡Con Evita!
Evita: Yo haré siempre lo que el pueblo quiera. Pero yo les digo que así como hace cinco años he dicho que prefería ser Evita, antes que la mujer del presidente, si ese Evita era dicho para aliviar algún dolor de mi Patria, ahora digo que sigo prefiriendo ser Evita. La Patria está salvada porque la gobierna el general Perón.
Pueblo: ¡Que conteste! ¡Que conteste!
Espejo (CGT): Señora, el pueblo le pide que acepte su puesto.
Evita: Yo le pido a la Confederación General del Trabajo y a ustedes, por el cariño que nos profesamos mutuamente, para una decisión tan trascendental en la vida de esta humilde mujer, que me den por lo menos cuatro días.
Pueblo: ¡No, no, vamos al paro! ¡Vamos a la huelga general!
Evita: Compañeros, compañeros…yo no renuncio a mi puesto de lucha. Yo renuncio a los honores. (llorando) Yo haré, finalmente, lo que decida el pueblo. (aplausos y vivas) ¿Ustedes saben que si el puesto de vicepresidenta fuera un cargo y si yo hubiera sido una solución no habría contestado ya que sí?
Pueblo: ¡Contestación! ¡Contestación!
Evita: Compañeros, por el cariño que nos une, les pido por favor que no me hagan hacer lo que no quiero hacer. Se los pido a ustedes como amiga, como compañera. Les pido que se desconcentren. (La multitud no se retira) Compañeros…¿Cuándo Evita los ha defraudado? ¿Cuándo Evita no ha hecho lo que ustedes desean? Yo les pido una cosa, esperen hasta mañana.
Espejo (CGT): La compañera Evita nos pide dos horas de espera. Nos vamos a quedar aquí. No nos movemos hasta que nos de la respuesta favorable.
Evita: Esto me toma de sorpresa. Jamás en mi corazón de humilde mujer argentina pensé que podía aceptar este puesto… Denme tiempo para anunciar mi decisión al país en cadena.
(Finaliza el acto)

Nueve días después Eva pronuncia lo que sería llamado en la mitología peronista como el “Renunciamiento Histórico”. Declina su candidatura, en parte por las fricciones que ocasionaba su presencia en varios sectores del movimiento, en parte por la gravedad de su enfermedad.

En 1952 su salud se agrava profundamente. Vota al peronismo desde su lecho. El 26 de julio falleció. La CGT decreta un paro de tres días. La velan en su sede central. Dos millones de personas desfilan durante días ante su cuerpo. Mientras tanto, en el pasaje Guise del barrio de Recoleta, algún descerebrado escribía la infame y cobarde pintada que festejaba con un “Viva el Cáncer” la existencia de la terrible enfermedad, e inauguraba una demostración de ensañamiento sin precedentes que no terminaría hasta 1976.

Tanto la odiaban que el cuerpo de Eva sería secuestrado por la Revolución Libertadora, y sería vejado, manoseado, expatriado y sometido a toda clase de perversidades. Su valor simbólico era demasiado alto para que quede accesible a sus seguidores en su mausoleo de la CGT. Al respecto, Rodolfo Walsh escribiría este increíble cuento que se adentra en los pormenores del caso. Sus restos fueron finalmente escondidos en Milán, con la connivencia de la Iglesia Católica y hasta del mismo Papa Pío XII, quien la había conocido cara a cara durante su gira Europea. La Tendencia, durante los 70, habría intentado recuperar el cuerpo de Evita para el pueblo. Fue así que hacia 1969 la organización Montoneros secuestra a Aramburu para intercambiarlo. El plan falló en sus objetivos y Perón recién volvería a tener posesión de los restos de su mujer en 1971.

El legado de Evita ha sido inspirador para muchas generaciones. En especial para la juventud: durante los 70 su imagen fue levantada por todo el espectro juvenil que ingresaba intempestivamente a la militancia política. Ni siquiera aquellos que no han simpatizado con el peronismo han reconocido su legado como militante y luchadora social. Entre toda su herencia, tal vez la más importante es que su dedicación a una causa se constituye como el estándar más alto de militancia: una mujer que entregó todo en una carrera desenfrenada por revolucionar. Si el Diego es el máximo estándar futbolístico, Evita es a la militancia lo que el Diego al Fútbol.

Tal fue su fuerza y su absoluta entrega por la causa nacional, que muchos se han preguntado que hubiera sido de los años noventa si ella hubiera podido entrar caminando, ya viejita, a algún Congreso del PJ para “exponer” su “punto de vista” al respecto de lo que el “movimiento” y los “compañeros” estaban haciendo con el país.

Pues quienes más han notado su vida y sufrido su ausencia fueron sin duda los descamisados: tal el nombre cariñoso que ella usaba para referirse a los desposeídos, marginados, excluidos y explotados de nuestro país. Y es así que tal vez sea el desafío de esta nueva argentina y de nuestra generación el volver a poner las cosas en el lugar en que las puso ella.

Chaco

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Chaco

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